Escritos
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Mi autómata y yo

Cantar para olvidar y después de callar, volver a recordar que la rutina está allí con su inclemencia, esperando para exprimir de nosotros [no desconsuelos] nuestras tan características y desmoralizadoras ganas de vivir. Si en África se despertaran y reaccionaran, talvez sería el fin del mundo [insertar desolación]. Esas ortodoxas, mecánicas y poco acorbatadas ganas de ir al cine y entenderlo todo al revés, de cerrar los ojos y abrirlos para encontrar al personaje muerto [entristecerse] y no preguntar qué pasó. Abordar el tren de las últimas oportunidades por última vez y ver que lleva en sus vagones: un sollozo en cada rostro, que todos sufren pero que no todos lloran, que unos lloran pero no todos se echan a morir, que unos se echan a morir pero no todos lo logran, que unos se salvan mientras otros se resisten, que unos se resisten mientras otros se adulan, a sí mismos. Ese pretendiente de la república que exultantes insultamos en las cenas familiares, como si nos hubiera violado de niños, como si nadie pudiera entendernos, balbuceantes. Te conocí en una plaza llena de sospechas, nadie nos presentó pero te tomé una foto que nunca voy a olvidar porque las fotos se quedan clavadas en la ventanilla de información de las cabezas menos duras. Ruidos de la calle que entran por mi ventana y aunque no vienen a por mí, se quedan en mi cerebro unos años, a penar. Mi obligación es desparasitar mis angustias, sacrificios que no me dan la gana, necedades que no son de nuestra talla, no necesitamos tratarnos mal [más que un día] para que al siguiente nos digamos las cosas en otra dimensión, hablándonos casi sin razón para entendernos profunda y subconscientemente. Y te escucho hablar y llueven pájaros de mentira en mis cimientos, me inyecto de valor para escucharte y sólo atino a asentir [no a sentir]. En la cama me desmando, no reconozco nada [soberbio pero infalible] y sigo aquí soñando sueños que inventé anoche mientras soñaba que estábamos soñando y sin despertar te abracé del gusto y lloramos para erizarnos y rozar la perfección, ese desconocido lugar sin agencias de viajes para el que nadie tiene visa [nadie]. Me gusta sentir que me engañaron y regodearme con mi fracaso, es un pasatiempo que adopté al poco tiempo de haberme conocido. Amo fracasar con todo mi ser, me enseña que estoy vivo y que bien puedo no estarlo [un buen (o mal) día]. Criticarte hasta dejarte seco, descalificarte hasta la última expresión, insultarte hasta que te salgan lágrimas del cuerpo, desnutrirte hasta la muerte, consolarte con un [único] temor: que me regreses a ver y no tenga nada que transmitirte, ni la levedad [del fútbol], ni un suplicio que se vuelve transitorio cada vez que me caminas en delante [así], cada que te vas y me sueltas al irte un desprecio a las finas hierbas, un pedazo de camisa a cuadros sin retorno, un pasaje al otro lado de esta depresión que me congela, cuando te llames soledad. Los libros ya no tienen tiempo para que alguien los lea (?)

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