Escritos
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Inmadurando

Nunca maduré, lo sé. Nunca se desarrolló en mí la resistencia a los aviones, cuando me subo a uno, me duelen huesos del cerebro con nombres que no puedo pronunciar. Despresurización en proceso. Me quedo sin audio, escucho sonidos de mi niñez. Tonkas y Chavos del Ocho llorando. Creo que jamás maduré y más bien con los años, inmaduro a altas velocidades: a unos 59,9 kilómetros por célula. Me incomoda la culpa que me genera octubre. Me recuerdo sentado tecleando una vieja máquina de escribir, con el timbre de bicicleta al final de cada renglón. Marca Brother creo. Inventaba noticias, cuenta mi mamá. Me gustaban mucho los deportes: el squash y/o el balonmano. Sobretodo fútbol. Cada día me gusta más, especialmente cuando los seudo intelectuales [esos que andan sueltos por ahí] dicen que el gusto por el fútbol y el intelecto son antagónicos. Siempre fui dulcero, antes (cuando estaba bien ser inmaduro) y ahora (que no está bien porque ya soy longo viejo), soy un dulcero hipoglicémico orgulloso e inmaduro. Helado de manjar con nutella. Jugaba con matchboxs en la tierra, hacía carreteras, chocaba, moría. A la hora de terminar de jugar, moría otra vez. No me dejen madurar se escucha en algún lugar del vientre. Quiero salir corriendo sin medir el peligro, tropezarme con todo y terminar en el hospital. Quiero una lonchera de los Thundercats, una cartuchera de Bugs Bunny y una camiseta de Stewie Griffin. Estoy dispuesto a cualquier cosa con tal de vivir siempre con esta edad mental de siete años que me provoca gritar. Gritar palabras sin sentido hasta sacar de quicio a todos. ¡Y qué decir del signo de la paz! Me encantaba, ahora no sé bien qué significa. Parte de madurar es entender que NO todo tiempo pasado fue mejor, más bien todo lo contrario, los que piensan así: viven en el pasado [y es un pasado muy oscuro], pobrecitos. Confieso que cada vez me cuesta más pensar que todo es un juego. Por eso me autocensuro. Por eso y nada más.

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