Quito, años treinta. Señora de cincuenta años, de sociedad, sube al bus y le dice al indígena que va sentado: ¡Levántese papito, para que se siente la patrona!. Le da una palmada en la espalda, esa misma que el patrón pegaba, esa que carga cajas de madera llenas de fruta, fruta ajena, esa espalda que lleva por peso, quinientos años de no entender nada. Él se levantó, con su poncho aroma a lluvia y sin prácticamente alzar a ver, casi que se disculpó asintiendo con la cabeza. Nuestro Ecuador está lleno de racismo. Un racismo multitarget, de todos contra todos, una histeria colectiva para ver quién es el más humillado y/o el menos fracasado. Varias generaciones que creen haber nacido en pesebres ‘boutique’ y tienen el ‘longo/indio de mierda’ en la punta de su lengua racista, tal vez de manera inocente, incluso inconsciente. El racismo se lleva en los genes, pero depende del heredero, seguirlo alimentando o lentamente desvanecerlo. Un buen amigo me dice que sus tías son racistas, todos tenemos en nuestras familias, raíces racistas. Quito, año 2013. La indígena que cuida guagua ajena, mira la televisión. Un aparato que muestra a los de su raza, con aparatosos estereotipos, como extras de una película eterna, que solo Dios sabe, ellos deberían protagonizar. Con una voz solemne y sabia declara: ustedes son «mishu», mezcladitos. Entrelíneas también dice, nosotros somos los puros. También dice sin hacerlo, que son ellos los que deberían estar en la tele, que somos nosotros los que deberíamos estar cuidando a sus guaguas, que nosotros nos tomamos un lugar que les correspondía a ellos. No hace otra cosa que decir, y no decir, la pura verdad. La historia como en tantos otros casos, se dio vuelta. Esa realidad dada vuelta, no podrá ser aplacada ni por los activistas más indigenistas que existan. Llevamos demasiados siglos así. Sin embargo, sin embargo nada. A menos que… Sí. Estoy seguro que sí. Estoy seguro que cuando ‘se nos sale el indio’ que llevamos dentro, es porque lo somos, y no en el fondo. Es porque somos impostores, nos mezclamos y robamos una identidad, nos quedamos con el lado equivocado de la mezcla. ¿Por qué el equivocado? Porque así lo quiero creer. Porque soñamos en quichua. Porque comeremos cuy. Porque nos gusta subir montañas en busca de alejarnos de las ciudades. Porque nos gusta lo tradicional, las aguas de vieja, los mercados, los quichuismos, sus rituales, su energía, su integridad, su sencillez, su naturaleza, su cosmovisión, sus infusiones, su carácter, su terquedad, su serenidad. Porque en el fondo todos quisiéramos ser auténticamente, unos puros, indios de mierda.
Published on 16 agosto, 2014
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