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Veintisiete imprecisiones para no llamar a la policía

DSC09338Soñar anoche que se carga un arma, sin destino. Nunca saber, qué hacer con ella. Pero que el sueño no resulte infructuoso. No saber qué hacer con ella, desencadenarse. La muerte no se cambia por nada. Nadie tiene derecho a tomarse la vida de otro, aunque evitar la muerte, no sea posible. Cada bala es un segundo desperdiciado. Morir es la ley de la vida, algunos mueren demasiado pronto, otros esperan impacientemente todo un santo día. Alguien la fabricó, desperdiciando su vida en esa bala. Morir es volverse eterno, como sopa de sobre instantánea, te conviertes en un postre de vitrina, deliciosamente decorado, por el resto de tu muerte. Alguien invirtió dinero en esa bala, otro alguien creyó que era buena idea cargarla, seguramente ese mismo cobarde, apretó el gatillo cobardemente. Morir es sano, es volverse material de conserva, preservados en nuestros propios aceites, volverse de repente esa diabetes implacable, que diariamente perseguimos. Esa bala que anima los funerales transmitidos por la tele. Morirse es contemplar todo desde el otro lado del vientre, es volverse televidente, dejando acéfala la teleserie. Esa bala que hace que las viudas lloren mocosamente en cámara y que las neuronas de nuestros niños se inunden, se descerebren. ¿Morir es no nacer? Es creer que te salvas, solo para tener la sensación, de que no se acaba de desaparecer del todo. Ser ese hombre increíble que cada vez que se aparece, es para mal. Un revólver que se acerca por en medio de las sábanas, una bala, nunca hizo falta más. Preferir escapar de la vista, dejar en paz, que nada nos dañe, en lo absoluto. No querer que nadie te visite en el cementerio en el que te van a dejar olvidado, cuando la respiración te falle una de estas noches. Salir del cine a vomitar, no permitir nunca más, que alguien te vuelva a obligar a ver ese tipo de película. Monitorear algo que no estuvo sucediendo. Maldita batalla interna encarnizada entre el ser que todos aman, y el otro, el violento, el deshumanizado, el maricón.

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