Escritos
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Penúltimamente

#119Maldita la gente envenenada, que insulta para convertirse, en el indiscutible perdedor de una discusión. Una banderita ecuatoriana now and then. ¿Se puede uno volver inmune a tanto odio? Debería ser un derecho humano que nadie te pueda obligar a envenenarte con tal o cual veneno. Un cebiche con uve o con be. Tengo miedo a convertirme en ellos, aunque nunca nadie se convirtió en nadie. Un continuo loop que se mantiene mal que bien. ¿Y qué hago con el veneno? Hay que aprender a rechazarlo sin contagiarse. Sorbetes de acero para beber maracuyás introducidos. Me siento inválido, no puedo rechazarlos. No sucumbas ante el masoquismo. Siento restos de petróleo entre los dientes. Soy mi propio hallazgo en este coctel de pobres criterios. Autodescubrirte es vencer el más sofocante de los ostracismos. Verdes frutas esperando alineadas una razón para huir, o la muerte, o ninguna de las dos, o las dos. Escarbando en mi interior no encontré ningún helado sabor a esperanza. La esperanza no es cuestión triste. Mis sílabas favoritas se diluyen, antes de hora, evanecen. El desencuentro que por haber sido provocado a destiempo, genera este desaliento desanimado, que desatina a desprenderse desaprensivamente de su desentendimiento, causando desatención y desamor que no desatoramos de nuestra desaseada infelicidad. Así con el viento, nos mareamos, eternamente, como góndolas en un canal que se vacía cada hora, como sopranos en un rincón maldito por la urgencia, desamparados en desolados parajes que nadie quiso volver a deambular, sostenidos sobre un quebrantable tinglado donde una y otra vez repasamos lo miserables que son nuestras vidas y todas las formas que se nos ocurren para deshacernos de ellas. Ese solemne paso en falso que nos marcará por el resto de nuestras vidas o del siguiente minuto, esa decisión que nadie tomó por vos, esos vasos sin lavar por los que nadie preguntará, esa golosina de chocolate amargo que escupimos deliberadamente sobre la basura, aquellas presuntuosas nueces que nos dejan sin aliento y sin saber leer ni escribir, la puta de tu mama. Un segundo. Creo que en algún momento de esta tormenta, esquivé algo. Utilizo los olores para desconcertarte y que te enteres que tengo recibos para sacarte en cara la nada, para devolvernos la plata y el dolor que nos causó. Puedo emitir certificados de mierda que calcen en tu amor propio, podría mentirnos por horas y seguir. Creo que en cierto punto, mi infancia perdió sentido, por eso decidí prolongarla, quedarme en ella como un parásito al que le duelen las manos de tanto aferrarse, que perdió sensibilidad en la billetera, que se propinó sus propias lecciones para no andar echando culpas a nadie, para no andar justificando su estupidez con nadie más, para poder gritarles a todos los vientos, para sentarme a esperar que lleguen las estaciones, para al menos optar por un reconocimiento de mi propia parte, para poder hablar solo sin que no me interrumpa, para llorarte un par de décadas largas de las que nadie aprendió nada, para escapar de este incendio que provocamos con insoslayable precaución.

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