
Para mis hijos
Salimos de la solitaria -¿y sospechosa?- quietud del vientre, a la violencia de las guerras de las calles de las ciudades, futuras ruinas de nuestra barbarie y en medio del shock y por la fuerza, nos etiquetan: asustadizos. In fact este lugar no está tan desolado como proclaman por ahí (no en la tele, ok sí). Me conformo porque soy así de nacimiento: con el término medio entre el completo caos y la paz absoluta, con un vacío del bueno, esos donde nada importa ni siquiera lo que se te pueda caer de los pu*** bolsillos. Cada crooner afronta su propia vorágine de monstruosas sutilezas, con limitaciones tan auténticas como lo es él. La competencia es para determinar quién envejece menos aparatosamente o quién se siente menos miserable respecto de sí mismo, nada más, ni nada menos. No importa cuánto tiempo pase, las fotografías -de nuestros miedos, complejos y taras- siempre se verán antiguas, aunque en su momento hayan parecido el reflejo de algo, preguntas ambiguas, un intento inútil. Todos somos un algo africano de fabricación china controlado por alemanes, de mezquinas metas y mezquitas amenas, con suficiente sufrimiento y vagos recuerdos del origen de nuestras heridas. Traumados a más no poder, hipertraumatizados y con altísimas probabilidades de llevarnos esos traumas con nosotros a la próxima vida. Qué no se admitan fotografías demasiado claras, proclamas con las que nadie va a sintonizar, argumentos muy contundentes, posturas tan apasionadas, desgarro en las despedidas, discusiones estériles que nos lleven a algo, retazos de esperanza colgando de aquella pared donde cohabita todo lo infructuoso. Papel periódico mojado olvidado por quienes lo llenaron de palabras, en la mitad de una calle con un triste nombre triste. Perder la esperanza en primer lugar, irrevocablemente. Qué se vuelva menos impopular la sinceridad. Quisiera que metan en mi ataúd junto a mí, un montón de dinero que se pudra, que nadie más pueda gastar, great beyond medals.
