
Un lugar cuya valía se basa en la huella que dejó el tiempo en él. Respiramos húmedo en búsqueda de preseas distribuidas azarosamente en cajas de cartón a punto de quebrajarse en un suelo de madera cansada. Se siente como un laboratorio clandestino de medicinas que curarían para siempre a soldados de guerras post eternidad, azuzados por el rock de la nicotina y la desesperanza del descontrol. Acordonados por prestidigitadores del autoengaño que les gusta convencerse de que hoy no fue un mal día y que la comida no está gélida, que disfrutan su trabajo y que aman a alguien o que no tienen ganas de mandar todo al carajo. Suicidarse sin más que certezas y penas poco profundas, bastan un par de instantes para dejar de confiar en ti del todo, un trágico resquicio bastará para matarte, invitarte a experimentar nuevos miedos, abrazar de sopetón nuestros propios fantasmas, arrimar al unísono nuestras cabezas en nuestros hombros, como si lo que más tuviéramos, fuese tiempo. El tiempo es una fotografía en la que siempre querremos estar, un azar deliberado que domó al viento, sin dudas o espacios, un caos sabor cereza que no transige con sublevaciones aplebeyadas. Entre lámparas redondas ondeantes anunciando algo fúnebre, me solidarizo con mi karma, con esa sensación de haberte perdido en el camino mientras nos tomábamos un minuto descafeinado con croissants hinchables. Para terminar, fallecer en un cuarto de baño profundo y estrecho con mosaicos verde agua discontinuados, nauseabundo de fragilidades, innecesariamente tibio. Sé que siempre estarás en esas charlas rancias, oscilando junto a alguien parecido a mí, con una laguna que nos alumbre y una luna que nos pringue. Encontrarte alineada, con la edad mental alterada, perdida en mis fotografías. Me gusta estar morado, y después verte. Perdón, verde.

✌👌✍ me encantó ese final…