Escritos
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Anzáyeti

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(Foto: Nora Miño) Turistas de nuestras epifanías, con pavor a que no nos convenga ser como somos: la tripa del pescado social viviendo en una caja de fósforos. (Cada vez me ruboriza menos corregir al auto corrector y no se diga a los hijos de puta de la Real Academia de la lengua). Si no sobrevivo, será literalmente una verdadera pena. When is the next end of the world announced? ¿Cuántas generaciones cargarán con el peso kármico de cada uno de nuestros actos? Nadie pidió ser destripado a plazos, o esa aflicción preadquirida que cada mañana -con algún esfuerzo- ignoramos. Tengo alergia a los tributos, remakes y a las copias de las copias de las copias, siento nostalgia por todas esas pastillas que pude haber ingerido, esas soporíferas recetas en blanco. Las enfermedades le pertenecen a cada uno, en ningún punto podrán ser intercambiadas, no jueguen con sus medicinas porque podrían mezclarse y curarse, y nadie en este hospital quiere que nos abandonen. Sea quien sea, dile que venga. Arquitectos auto destruyéndose en aras del apocalipsis. Gente por las calles malgastando saliva en palabras que provienen de otras lenguas pero que no sirven para decir lo mismo que tan suave suena en francés y tan contraproducente en cualquier lengua muerta. Y aunque jamás podamos sentir lo mismo el uno por el otro, siempre tendremos mentiras para trocar, obvias razones detrás de las máscaras, por más mal predicamento en el que nos dejen nuestros aletargados alteregos. Médicos automedicándose. Cuando paguen por mendigar. Beber de más y seguir igual en our three men party. Asesinar exclusivamente de acuerdo a la ideología. Todos tenemos un método para alcanzar la inspiración, aunque este sea mirar desenfocadamente la lontananza y ya.

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