
Conmigo fracasé, mi único y mayor emprendimiento, mi último pariente conocido, mi no eslabón, incontables ocasiones quebré, y me liquidé. Tardes enteras no aproveché para redimirme ante mí, como si yo no me importara, nunca fui mi prioridad, me condené a decorar el piso con la barbilla, fracasar estrepitosamente y pedir perdón llorando, en minutos que duran cien segundos, como si la felicidad pereciera like an avocado, nos miramos de frente, esperamos que pase el momento, y nos vamos con él.
Por insolencia desvaídos, partidos en desiguales partes, pero que cada parte sea parte y se aparte. En plena desarticulación: sentir, digerir tempestades contraindicadas de año nuevo, que nada tiene de nuevo, ¿qué carajo tienes de dos mil dieciocho? Vapor vulgar de reencauchada nostalgia, como si los recuerdos nos acosaran queriendo regresar, la consuetudinariamente cacareada promiscuidad que nunca pusieron en práctica, el olvido nos indispone, como si la esperanza tuviera todas las intenciones de finalmente: desampararnos.
Todos quisiéramos en cierto punto de nuestras vidas resucitar de algún suicidio, desempolvar frases de esas en las que venimos y nos convertimos al polvo y tal, secuestro de penas ajenas, hálitos extralimitados, impotentemente aniquilados, nos queremos a pesar de que nos obstinamos en seguir siendo incapaces (?) Ya ninguna canción de Silvio nos libera, es música seca. Escucharte siendo yo el hielo de tus palabras, fanático convaleciente de tus funestos silencios. Tener que automedicarnos con extravagantes plantas prescritas por las abuelas menos convencionales posibles, sin jamás haber disfrutado de la vida; jamás.
