
Todo normal. Cuando repentinamente la cabeza giras y pum. Te cambiaron la vida para siempre. Ahora juntos somos rehenes de la única realidad que nos permitieron conocer. De piel imputrescible. Se quemaban las antenas. Aprendimos a nadar en medio de la tarde. Como palo de ciego descarriado hasta ser pepinillo en conserva. Cometes un crimen. Luego otro. Y al final terminas encerrado ahí para siempre. Te lames la sangre y te sabe igual que a cualquiera. No nos maten chucha. Las grietas de tus ojos podrían ser un mar de lágrimas. Y serán un mar aunque secas. Aunque sepas que siguen ahí. Represadas, incontenibles, trashumantes e indómitas. Forjemos pruebas de ser necesario. Para escabullirnos de la hecatombe procreada. Una bala pasó por tu cabeza. Y el hijueputa murió. Ya no son los sábados como fueron. Ahora solo son «más días». Any given saturday. De esos que repetirse quieren de domingo a viernes. No me volverás a empobrecer en venganza a qué. Se esfuma así nomás todo aquello en lo que alguna vez creímos. No tiene sentido. Ni siquiera el sentido extrasensorial que aproximadamente solía tener. Una ausencia de sentido descomunal, ciclópea. Un día empezaron a crecer y crecer. En ese nuestro lugar común al que llaman plaza. No me voy a callar pusilánimes, dejen de intentarlo. Y se sintieron fortalecidos, superiores, se quedaron sin excusas para ser débiles. No tenían a qué raza recurrir. Y aún en la más profunda soledad, pisotearon nuestras cabezas. Caballos en motocicleta a su propio instinto superpuestos. Moriría por ustedes y es que por ustedes no me puedo morir. A veces me deshidrato. Me gusta escribir «a veces». ¿Se puede vivir con el sueldo de un asesino a sueldo? ¿Cómo sabremos si estamos preparados para que llegue el día en que tengamos que reinventarnos definitivamente? El nuevo acuerdo social de un nuevo orden mundial. Ya.
