Escritos
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Diez minutos

Era un tipo normal. Le avergonzaba que sus hijos se avergüencen de él. Le gustaba ver a los ojos a su mujer, cuando no había que comer. Enfrentaba a sus acreedores en silencio. Ponía su cara de silencio y le daba la cara al mundo despiadado y se sometía a las inclemencias de la posmodernidad, sin decir ni pío. El avance tecnológico más importante con el que contaba, era que no le corten la luz, el mayor placer era tener agua para bañarse. Vivía en una ciudad normal. Una ciudad que mataba las tardes con naranjas y morados, una ciudad un tanto estúpida que aplaudía lo ilógico, pero repudiaba la inercia de lo inhumano. Esa ciudad se reforzaba con gente de otras ciudades, que decía que no tenía porvenir. Había días que era imposible vivir en esa ciudad. La música en las calles era ensordecedora, los olores implacables, la iluminación destellante y los dinosaurios. Este hombre creía en algunas cosas, pero ninguna religiosa o política, en ese sentido vivía tranquilo, decía. Era muy poco lo que le faltaba para poder ser feliz en paz. El era muy malo para fingir interés por las noticias que circulaban y que eran siempre las mismas. Le hablaban y le hablaban de noticias que no entendía, de situaciones que únicamente le generaban desorientación. Su mente se disolvía en un segundo. Diez minutos era todo lo que necesitaba en la vida. No requería de más de diez minutos para hacer cualquier cosa. Tomarse un plato de sopa, apuñalar uno que otro mal pensamiento, pretender una sonrisa, diez minutos. Sus batallas personales las perdía en diez minutos, sus más frustrantes desencuentros los revertía en diez minutos. Un día con la memoria despoblada de pena se acordó de la felicidad y se demoró exactamente diez minutos en volverla a olvidar. Cuando muera su frente brillará y la poquísima gente que lo conoció lo recordará con respeto, pero sobre todo; en silencio. Ese será su mayor logro cuando muera en un lamentable y levemente sangriento episodio que durará apenas diez minutos.

 

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