Historias que son tan largas de contar, que uno prefiere olvidar. ¿Quién interpretará mi muerte? ¿Y si alguien tergiversa mis palabras? Voy a existir como si fuera una cuestión de elección, como si morirse no fuera una buena idea. La historia de la humanidad está tan llena de odio; como amor nos encargamos de desconocer. La diferencia está entrelíneas, está implícito que el amor ya no vende. Odiar es una manera cobarde de odiarse a uno mismo. En ciertos momentos de la historia hombres [no mujeres] generaron odios; y así: aprendimos a odiarnos. Esa historia que aunque no se vaya a poder, deberíamos dejar de estudiar. Historia de inescrupulosos verdugos que quisiéramos revivir para personalmente, volver a extinguir. Todos dicen que las cosas están bien, pero nadie te ha convencido aún. Una pequeña sensación en tu cuerpo te evita sonreír, es un temblor que recoge firmas para olvidarse de todo, suicidarse para nunca volver a perder el control del amor propio. Escribir cursilerías para luego cerrar los ojos, volverlos a abrir esperando que signifiquen algo, pero no. Volver a insistir a la mañana siguiente, pero no. Digerir que las esperanzas nunca volvieron, que se quedaron contigo allá donde tu pensabas que todo iba a ser más bonito, donde el frío se podía combinar con la soledad sin causar la muerte, donde morirse no estaría tan mal. Ese lugar que tú llamas hogar y que parece más que eso. Recuerdos anónimos inanimados de fotografías que juntamos mientras nos conocíamos, mientras aprendíamos a querernos. Ese odio agradable sobre el cual aprendimos a improvisar. A veces parecía que nos queríamos, que con paciencia nos odiábamos. Nunca nos cansamos y finalmente adoptamos ese arte; el arte de odiarnos estaba arraigado en nuestro desayuno y aunque odiáramos separarnos, nada lo podría evitar. Ningún odio ajeno.
Published on 20 octubre, 2011
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