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Nuestras últimas oportunidades

Nuestras últimas oportunidades, eso es lo que queda. Las razones me las guardo. No sé como explicarlo. Me retiro sin decirte nada porque estoy ausente. No represento a nadie, peor a mí mismo. En nombre de tu religión, me absorbo. Dejaste tinta en mi, que nada –ni el tiempo- podrá borrar. No se trata de un asunto indeleble, más bien blandengue, pero que sigo luciendo por vanidad… o por humildad, no lo sé. Una persona es una mayoría, cien millones una minoría, un beso puede ser suficiente, cientos de noches pueden ser muy pocas, pero me quedo, atento de lo que no dejes de hacer, de aquello que te haga sentir… así. Te veo en la plaza. Atestada de gente que no se conoce, que sabe que no se conoce, que le gusta no conocerse. Algunos conocen la razón general por la que están ahí, los que no, están ahí de todos modos.

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Para volver hay que volver a volver

En la repetición está la magia de conocer las verdaderas razones. Me encanta ser reincidente. Es un ‘feeling’ macabro. Es como ir de puerta en puerta repitiendo un discurso de vendedor de religiones, de persona que distribuye enciclopedias que nadie quiere leer, aunque las compre, aunque las odie, aunque no las sepa leer. La revolución empieza por la cocina, dentro de un refrigerador, debajo de los huevos, a la orilla de la leche, en la piel de las frutas, en los ojos de un queso. Volver a comer algo para recordar que no te gusta, eso me pasa siempre con los higos, me saben a tierra, pero a la tierra, es necesario volver a volver. Insistir hasta que alguien note lo ‘intensos’ que somos. Repetir hasta que parezca que morimos en el intento de ser auténticos. No dejar de ser repetitivos, para quedarnos con piso y no volar a tientas. Sentir que se muere cada vez que se intenta, sin necesidad. Se empeñó tanto en ser original que su copia lo asesinó de 14 puñaladas. De grande quiero ser la mezcla exacta de mi papá y mamá, ni más ni menos y también quiero ser genéticamente cursi.

La deuda externa me mató y yo definitivamente maté al emisor

No me quiero sentir inocente. La historia no juzga a nadie cuando es mentira. Cuando escupen en los textos la primera mierda que se les ocurre. La honestidad es una cosa que me parece maravillosa ¿quién conoce la honestidad? Quiero pensar que alguien. Decidir que soy en parte responsable de lo que está pasando; o de algo que está por pasar, cualquiera de las dos me da igual. Volver a abrir ventanas, colorear de nuevo una ciudad que parecía incinerada a golpes, dejar salir unos cuatro fantasmas a que prueben suerte en la intemperie. Y en una avenida [sombría] pasar una manita de gato en unas casas que siempre estuvieron pintadas. Albergar en la memoria cosas que para otros sonarían macabras. Ser fanático de algo para sentirse vivo no es lo mismo que no serlo. Subrayar lugares. Descarrilar sicarios. Descifrar caras. Esclavizar palabras. Olvidar idiomas. Relativizarlo todo. Especializarnos en nada. Perdonar esclavos. Democratizar paraísos. Pacificar trivialidades. Militarizar libertades. Parchar equidades. Soltarse los pies. Desamarrarse de algunos conceptos. Desatarse los hilos del cerebro. Diversificar taras. Multiplicar receptores. Definitivamente matar al emisor. Evitar la muerte. Esquivar los precipicios. Facilitarte tanto. Soslayarte.

Oración para otro fin del mundo más

coincidencias luctuosas. frases que te hacen sentir aunque sea un poco de dolor [polen]. diferentes tamaños de amor y de lutos. dioses suicidas de lo proletario con frutos [antídotos] contra la globalización individualizada de los genes y de los blu-jines. leches que dejaron de ser tres, que ya no son vacas, que pasaron a ser flores, que dejaron de ser viento, que pasaron a ser alucinaciones limitadas, que dejaron de ser mi problema. ponerle precio a un ideal para quitarle sentido a la sensatez. Convertirnos todos de pronto en creadores de nuestras propias creaciones, generadores de conceptos únicos y asesinos de todos los críticos [amén].

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Herejías del mal para bien

Escribirte banalidades en una época en la que todo sea banal. Mejor sería vivírtelas. Gritártelas sin que parezca violencia intrafamiliar, intragutural. Abrazarte como quien abraza una pizca de viento de empanada. Buscarte en las páginas del libro que dejé de leer, apilarte junto a los libros que jamás acabaré de leer, encima de la guía telefónica que no nos guía a ningún lado. Con el tiempo acabar de leerte, y sin él también. Matarte para volverte a conocer desde el principio, desde antes. Y si me dieras a luz volvería a nacer solo para ti. Convencidos que no es lunes, que llueve y que mañana no tendremos nada de que preocuparnos. Hacerte entender que cuando digo nada, quiero decir todo. Nos abriríamos la cabeza para saber que pensamos del otro. Te haría soñar despierta, en cosas que no van a dejarte dormir. Creer que soñarte mientras te hablo es la solución para disfrutarte la mitad al menos. Entender como se llega a creer en algo. Apoderarnos de una idea y hacerla nuestra sin prostituirla y solo dejarla degenerar a lo lejos. Hay un acceso que pienso bloquear en mi cerebro para que los malos pensamientos se aburran de esperar. Eres el mismo idioma en el que te canto para que duermas. Eres las monedas con las que pago el pan que te alimenta. Eres la religión con la que te hago rezar antes de dormir. Eres todas las imágenes que adoramos mientras pecamos sin remedio. Ya poemuerto hacerte pensar.

Estado civil del derecho animal

Amanecí fortalecido, después de haber disparado tanto, después de haber disparado al cielo cientos de palabras grises sin sonido. Después de tantos disparates. Me atoré de incomodidades. En una curva rápida te vomité encima verdades que solo yo alcancé a averiguar. Se interrumpió el flujo de aire y el circo de los ignorantes llegó a la ciudad y se quedó para siempre. Se me cayó un brazo. Me tocó caminar con los pies a la mano. Desvariar es inexacto. Hazte a un lado. Juicios de sal o de dulce. Comida de valor. Apetito de poesía pobre. Pobre poesía que te devalúas cada día. Me hago eco de tu socialismo y lo mezclo con un poco del surrealismo reinante. Me hago llamar liberal, me conservo libertario, soluciono el mundo en un dos por tres con mis grandes ideas que en otros países han triunfado tanto y festejo en mi casa con un poco de marihuana llena de químicos utilizada solo por la NASA. Mi cerebro no tiene escapatoria. Pienso hasta por los demás. Pienso hasta por los codos. Sufro en nombre de dios con minúsculas. Sufro en nombre de todos los otros. La cabeza se equivoca de fiesta. La boca se confunde y dice cosas que hacen que todos se arrepientan de haberlas escuchado. Hablamos de vírgenes animales, de astronautas mendigos, de potencias sin territorio, de naciones a las que les cuesta tanto existir, de personas que no pueden escoger, de las tallas de las libertades, de expresiones de miseria, de silenciosos negocios. De grupos minoritarios que son mayoritariamente importantes. Te hablo a ti. No necesito que respondas, tus respuestas no son válidas aquí. Mi tolerancia se acabó y eso no me vuelve intolerante, solo me convierte en alguien a quien se le acabó la tolerancia por ahora… y mañana también. Me irrito y te dejo de escuchar. Te pones mute. Me distraigo. Me concentro en que -aunque hables- no hables. Releer por pasar el tiempo o por llenar el vacío que deja mi síndrome de desatención adquirido. Volver a releer por si acaso. Publicar.

Demogracia

Al gobierno le conviene. Mejor me separo de esas amistades antes de que sus madres me separen de ellos. Sospecho que soy culpable de cosas que ni siquiera imagino. Estar acostado con la menos importante de tus urgencias. Desbautizarnos. Archivar nuestras mentiras por colores en el closet. El partido comunista de Pierre Cardin. En la siguiente a la izquierda por favor señor. Voy viajando a bordo de mi mismo pensando que la soledad que hay en mi cerebro es el mejor lugar para sembrar… algo. Pero me quedo para que me siga doliendo. Nunca me voy. Sigo quedándome. Sigo sin irme. Me sigue doliendo. Me tropiezo con la misma piedra que me tropecé la última vez que me tropecé con una piedra. Y si me empiezo a cuestionar cosas que no debería significa que estoy madurando para el lado equivocado. Al pueblo le perjudica. Yo me declaro loco por la potestad que me otorgó mi madre cuando me dejó ir de casa. Esta demencia públicamente reconocida por los demás, no es mi mayor tesoro, hay días en los que me estorba y otros en los que me infecta. Me sofoco. Cuando te conocí pensé que eras una nota musical. Sigo buscando culpables. Me dedico a lo mismo que me dedicaba antes. No hay derecho. Ni libertad ni justicia. Terminología que me niego a reconocer. Que demogracia me da.

19:02:59

Foto: Nora Miño

En esta ciudad se caen los árboles, las plantas caminan, los parques esperan, la basura se reune en las esquinas, el alcohol hace su parte, el tráfico desconsuela, pero… ¿qué sería de nosotros sin el tráfico? ¿qué haríamos en casa frente a frente con nuestras parejas con ese tiempo de sobra? Tendríamos que inventar historias, falsear romances, fingir logros, inventar premios, actuar, actuar mucho. A punto de morir en vanidades ajenas y a punto de creer que violar una ley no es violar a los demás. Me siento como un ilegal en el medio de un cuatro de julio con espectaculares cohetes de destrucción masiva volándome cerca de la cabeza, no me siento con ganas de cambiar de opinión, pero talvez madure, el tiempo talvez me obligue y yo no me pueda negar. No hay mejor numerología que aquella que ignora cualquier tipo de manifestación numérica. Numerosa. Eres como un estadio lleno de gente. Te recuerdo como una estación de tren que se contempla a sí misma. Sacas de tu cartera un lápiz que no tiene punta pero tiene hambre. Balbuceas para mi un par de palabras que no quería escuchar, pero que te estaban sobrando y bueh. Pasa cerca de mí una señora que cree conocerme, lo sé por sus ojos, lo que ella no sabe es lo que yo sé, podríamos intercambiar vacíos. Presiento que aunque ya nada nos asombre (se supone que eso es malo) muy pronto me voy a deslumbrar yo mismo por algo que voy a dejar de hacer o de decir. Me voy a enseñar cuando callarme, me voy a enseñar a ser papá. Voy a dejar de aprender un par de cosas que no necesito saber y en ese espacio en mi cerebro te voy a meter. Ahí permanecerás. Violentamente te daré de comer solo malas noticias. Un día te voy a dejar salir para que veas un ratito la t.v. y así; nos odiaremos por siempre. No hablemos de odios. Hablemos de amor. No sé lo que es. Pero un día de estos, también me voy a enseñar a amar. ¡Ya verán! Y cuando esté listo (amado) me voy a retorcer del gusto en mi lugar imaginario, ese sitio donde no hay impuestos, donde todos tienen la misma oportunidad y todos la desperdician y la aprovechan y luego la vuelven a desperdiciar otra vez. Ciudades que no conozco. Gente que nunca me asesinó. Hojas volantes que leí sin poner atención. Terremotos que no sentí. Calles en las que nunca me metí. En esta ciudad se me caen las manos, se me cruzan las piernas, tengo energías para algo, en esta ciudad algo no cuadra, hay algunas mentiras que todavía no tienen dueño, hay agencias de publicidad que vendieron alguna mierda por error, pero que todavía no han podido disfrutarlo. En esta ciudad hay un político bueno en potencia, por cada delincuente. Hay un mar. Hay montañas vírgenes. Hay silencios que nadie se quiso adjudicar. Hay una marea que nos lleva a una esquina, y otra que nos lleva a otra esquina. Una esquina donde se cultiva la paz. Un mendigo muy elegante le explica la teoría del apocalípsis a una señora que perdió la visión en un accidente aviatorio. De pronto compro el periódico, está escrito en un idioma familiar, consigo leer un par de líneas y me detengo, es el mundo el que se detuvo… y para terminar, una canción.

Envolturas

foto: Nora Miño

[Insertar muchas palabras] no quiero gritar. Preferiría callarme esas miserias que nos hacen volver a la niñez y que más tarde nos sorprenden solos, sin nada adulto que decir. No me puedo preocupar por la gente de una ciudad a la que odio [Insertar silencio]. No puedo negar que quisiera escaparme de aquí ya que eventualmente lo hago sin que nadie lo note, lo hago al mismo tiempo que me infarto bajo la luz de un semáforo anaranjado. Te odio ciudad, cuando te encuentro y cuando te vuelvo a perder de vista entre la multitud de gente que odio por qué no conozco [Insertar miedo]. Odio la gente que –igual que yo- finge vivir en democracia, elije un presidente semestralmente, pretende estandarizar el concepto de democracia, deja que le secuestren el cerebro y finalmente se va a dormir; con toda seguridad. Echo a perder unas fotografías, junto palabras y me creo un artista, gano premios, me jacto en la televisión, me burlo [Insertar discurso] y digo cosas que se arrepienten de haber sido dichas y súbitamente vuelvo a ser el don nadie que jamás quise dejar de ser. El de los episodios incómodos, el de la hipoteca con mora. Mi suplemento. Como cuando vas por la calle y todo se detiene, los papeles se cambian y dejas de ser tú [Insertar incertidumbre] por un zettasegundo, morimos y a la mañana siguiente tenemos diferentes características, somos mínimamente parecidos al ayer [Insertar malas palabras] cambiar duele. Fracasar no te mata. Dejar de crecer cada día, para volver a aprender que se muere un poco cada vez que se deja de intentar [Insertar frío]. Te abrazo. Me abrazas. Compartimos un poco de calor. Soñamos con ser auténticos sin dejar de ser uno mismo sin dejar de ser una copia de alguien más sin dejar de ser lo que tu mamá quiso que seas sin dejar de ser lo mejor que se pueda [Insertar suspiro de alivio] sin dejar de ser un puntito en el GoogleEarth.

Debajo

Aligerar el peso, sin perderlo. Te presto esto. Te descuento. Necesito tus títulos nobiliarios para mearlos. Requiero tu árbol genealógico para incendiarlo. Tu sangre azul, tu raza aria, tus imperfecciones latinoamericanas, tu afición por la tauromaquia, por el vino, tu alcurnia, tu abolengo, tu raigambre, tú mierda, yo también. La genética de tus lágrimas, la anatomía de tus celos, la geografía de nuestra ignorancia, la hipotermia de nuestras almas, el yoga de nuestros huesos, las sucursales de nuestro infierno, la felicidad de nuestro insomnio, la belleza de nuestra estupidez, la robótica de nuestros intentos, la femineidad de nuestras matanzas, la solidaridad de nuestro acabose.  Somos más o menos racistas, sexistas, machistas (que es malo), feministas (que es bueno) ya que hemos sido demasiado tiempo machistas, alienados, rezagos del pasado, excluidos de nuestra propia historia, es hora de resistirnos ante revoluciones ajenas y ser menos déspotas, violentos, desamorados, ser más ocasionales, incidentales, instrumentales. Valorar lo que parezca y no juzgar lo definitivo. Aparentar y nunca dejar de hacerlo, rehuir a lo auténtico, sortear las capas que nos cubren y así evitar parecernos a nosotros. Evitarnos. Desconocernos por completo y tan solo en nuestros funerales, darnos fraternalmente la paz.

Sonrisas podridas

 

Odiar gente es estar de luto. Odiar de una manera dulce, interminable, genérica, odiar como si fuera primavera, odio gay, odiar a la francesa, a lo profundo,  odiar por odiar, para no perderte, odiarte para poder quererte al amanecer, odio para invertir en el silencio, odiarte con odio embustero, volverte a odiar, sentir odio y luego no; odiar. Me gusta odiarte siempre, con un odio que se traduce en veranos ajenos, en ferias, me invento palabras para odiarte en el anonimato, pretendo que te odio para engañar a la energía, odio la ciencia, odio tu teoría, pero estoy seguro que más te odio a ti, aunque no me correspondas, me alegra tu desinterés por mi odio hacia ti, me conmueve que al proclamarlo me quieras, te odio, no vivo sin odiarte, no puedo dejar de hacerlo, me propongo odiarte más y no puedo, no me interesa que me genere desgaste, que me llene de odio por dentro, que por fuera provoque piedad, sin explosión ni implosión, que me deje volver a querer, que me obligue a olvidar callar, no odiarte por compromiso sino por casualidad, odiarte para dejarte ir y para retenerte volverte a odiar, no me resulta fácil entender el odio que me provocas, pero lo disfruto y me siento culpable, me odio. Odio que respires, que me odies, que me cueste tanto trabajo querer seguir con vida, que las cosas vuelen, que la vida se corrompa, que el espacio se prolongue, que me dejes odiar, que me dejes de odiar, que me odies sin decírmelo, que no sepas odiar, odio que aprendas a odiar. Odiarte es volverte a querer de otra manera, sincerarme conmigo. Odiar es una sonrisa podrida.

Lecciones de odio vol. 1

Historias que son tan largas de contar, que uno prefiere olvidar. ¿Quién interpretará mi muerte? ¿Y si alguien tergiversa mis palabras? Voy a existir como si fuera una cuestión de elección, como si morirse no fuera una buena idea. La historia de la humanidad está tan llena de odio; como amor nos encargamos de desconocer. La diferencia está entrelíneas, está implícito que el amor ya no vende. Odiar es una manera cobarde de odiarse a uno mismo. En ciertos momentos de la historia hombres [no mujeres] generaron odios; y así: aprendimos a odiarnos. Esa historia que aunque no se vaya a poder, deberíamos dejar de estudiar. Historia de inescrupulosos verdugos que quisiéramos revivir para personalmente, volver a extinguir. Todos dicen que las cosas están bien, pero nadie te ha convencido aún. Una pequeña sensación en tu cuerpo te evita sonreír, es un temblor que recoge firmas para olvidarse de todo, suicidarse para nunca volver a perder el control del amor propio. Escribir cursilerías para luego cerrar los ojos, volverlos a abrir esperando que signifiquen algo, pero no. Volver a insistir a la mañana siguiente, pero no. Digerir que las esperanzas nunca volvieron, que se quedaron contigo allá donde tu pensabas que todo iba a ser más bonito, donde el frío se podía combinar con la soledad sin causar la muerte, donde morirse no estaría tan mal. Ese lugar que tú llamas hogar y que parece más que eso. Recuerdos anónimos inanimados de fotografías que juntamos mientras nos conocíamos, mientras aprendíamos a querernos. Ese odio agradable sobre el cual aprendimos a improvisar. A veces parecía que nos queríamos, que con paciencia nos odiábamos. Nunca nos cansamos y finalmente adoptamos ese arte; el arte de odiarnos estaba arraigado en nuestro desayuno y aunque odiáramos separarnos, nada lo podría evitar. Ningún odio ajeno.