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Desmemoria

¿Mi memoria soy yo? El equipaje que cargo en mi espalda, ese disco duro con historias desgarradoras… ajenas. La tuve fácil y así pasó. Hablo de la vida sin dejar de imaginar otras vidas… ajenas también. Me pido cosas que tardo en cumplir, me desprecio, me veo mal, me mando a callar, me siento mal, me sumerjo, me suicido en sociedad. Converso conmigo mismo para entenderme mejor… pero no. Por dentro soy ese anarquista que no se deja ayudar, que se aleja, que me atosiga, que se excusa, que vuelve, que se niega a todo. Llego a acuerdos que no me sé cumplir. Desalojo de mí esas noches que arruiné. Cuando intentábamos ser súper hombres, sin serlo y sin querer serlo. Los héroes lo son, de manera maquinal. Me descubro siendo ecuánime en la intemperie de esta vida tropezada y drogas. Cada paso que di, está ahí, esperando por mí, para pedirme explicaciones… que olvidé… pero no. Todos y todas somos desmemoriados y desmemoriadas y tristemente no tenemos quién nos lo recuerde. Yo no soy mi memoria. Cada momento que pasó, está en los demás reconocer, olvidar o sobrevivir. Lamento tantas cosas, me arrepiento de todo cada día con mayor frecuencia. No soy un fracasado a tiempo completo que no sirve para nada. He decidido recordarme tal y como me dejé. Sentado ahí. Bebiendo solo. Escuchando garabatos de rock británico. Sediento. Escuchando detenidamente cada palabra, que nunca me dirás. Desmemoriado. Marginal. Superpuesto. Señero.

Que me solloces

El suplente de todos nosotros. Hace tanto tiempo que debí empezar a escribir y hace tanto tiempo que debí parar. Estruendoso como silencio que halaga. Editando nuestras voces para que parezcan [pero no]. Me expreso con la libertad de expresión que me venden en la esquina y con ella me regalan [un autito para armar]. Soy una puta [mentira] de mi banco. Juego con las palabras porque así resulta. Soy cada sonido que digo, cada palabra que me guardo y cada vez que te hablo: soy. Una ensalada de melodías soy cuando me consuelas, mejor sería prolongar estas mañanas huérfanas de audio. Deshuesar este pellejo maltrecho próximo a caducar. Colecciono frases de gente con vidas lindas pero que parece, no me quiere. Decidir estar hecho un desastre, como parte de una estrategia personal. La tierra que nos conecta carece de fanfarrias, hoy todo tiene que ver con el sonido. Mientras traducimos a idioma café ese estado de cocción inalterable que nos convierte en antiestéticas siluetas humedecidas por el calor de un agua caliente, que viene y se va. Sin decir nada me quedé callado ante tanto atentado a la comunicación. Mi recurso siempre fue insostenible, me ocultaba tras un velo de violencia, que ni yo era capaz de soportar. Oponerse a todo. Soy fanático de la gente que es fanática de algo, no se puede vivir sin un poco de fanatismo, para eso mejor estar muerto, muérete, mortandad. Todo lo que digas, me siento al revés. Voy a ser cada día más despiadado y no interesa lo que nos impulse sino lo que nos detenga. Paraíso infestado de poesía desatinada. Siempre es preferible escuchar un vacío, una caída libre, un profundo pensamiento, una llamada sin esencia, lamentos tediosos, alaridos de paciencia, un sinónimo de nada, una duda tan consistente que no duda. Si nunca los veo no tengo porque carajo recordarlos. Programador de enojos, aplicaciones que nos estrellen contra un bus en la carretera o sistemas operativos que nos programan para la inspiración, esa hora del día que llega en forma de un segundo [que escondido entre otros segundos] está dispuesto a trasladarnos sin escalas a esa explosión para la que nadie debería estar preparado. La inspiración que el resto del tiempo, nos abandona. ¿Hemos cambiado de tono? ya no nos insultamos, me cuentan… Al menos no tanto como cuando hacía falta. Insultos: signos de exclamación huérfanos de atención, pretextos para sollozar.

Mi autómata y yo

Cantar para olvidar y después de callar, volver a recordar que la rutina está allí con su inclemencia, esperando para exprimir de nosotros [no desconsuelos] nuestras tan características y desmoralizadoras ganas de vivir. Si en África se despertaran y reaccionaran, talvez sería el fin del mundo [insertar desolación]. Esas ortodoxas, mecánicas y poco acorbatadas ganas de ir al cine y entenderlo todo al revés, de cerrar los ojos y abrirlos para encontrar al personaje muerto [entristecerse] y no preguntar qué pasó. Abordar el tren de las últimas oportunidades por última vez y ver que lleva en sus vagones: un sollozo en cada rostro, que todos sufren pero que no todos lloran, que unos lloran pero no todos se echan a morir, que unos se echan a morir pero no todos lo logran, que unos se salvan mientras otros se resisten, que unos se resisten mientras otros se adulan, a sí mismos. Ese pretendiente de la república que exultantes insultamos en las cenas familiares, como si nos hubiera violado de niños, como si nadie pudiera entendernos, balbuceantes. Te conocí en una plaza llena de sospechas, nadie nos presentó pero te tomé una foto que nunca voy a olvidar porque las fotos se quedan clavadas en la ventanilla de información de las cabezas menos duras. Ruidos de la calle que entran por mi ventana y aunque no vienen a por mí, se quedan en mi cerebro unos años, a penar. Mi obligación es desparasitar mis angustias, sacrificios que no me dan la gana, necedades que no son de nuestra talla, no necesitamos tratarnos mal [más que un día] para que al siguiente nos digamos las cosas en otra dimensión, hablándonos casi sin razón para entendernos profunda y subconscientemente. Y te escucho hablar y llueven pájaros de mentira en mis cimientos, me inyecto de valor para escucharte y sólo atino a asentir [no a sentir]. En la cama me desmando, no reconozco nada [soberbio pero infalible] y sigo aquí soñando sueños que inventé anoche mientras soñaba que estábamos soñando y sin despertar te abracé del gusto y lloramos para erizarnos y rozar la perfección, ese desconocido lugar sin agencias de viajes para el que nadie tiene visa [nadie]. Me gusta sentir que me engañaron y regodearme con mi fracaso, es un pasatiempo que adopté al poco tiempo de haberme conocido. Amo fracasar con todo mi ser, me enseña que estoy vivo y que bien puedo no estarlo [un buen (o mal) día]. Criticarte hasta dejarte seco, descalificarte hasta la última expresión, insultarte hasta que te salgan lágrimas del cuerpo, desnutrirte hasta la muerte, consolarte con un [único] temor: que me regreses a ver y no tenga nada que transmitirte, ni la levedad [del fútbol], ni un suplicio que se vuelve transitorio cada vez que me caminas en delante [así], cada que te vas y me sueltas al irte un desprecio a las finas hierbas, un pedazo de camisa a cuadros sin retorno, un pasaje al otro lado de esta depresión que me congela, cuando te llames soledad. Los libros ya no tienen tiempo para que alguien los lea (?)

Juicios como muelas

¿Qué tienen de malo las malas palabras? Las encuentro tan rotundas. Me fastidia la gente con hábitos y educada, se la ve tan expuesta. Menos protocolo, mayor desarrollo. En un sencillo pero emotivo acto te desconecto, me voy a mentirme en otra parte, donde pueda ser injusto conmigo, sin ser juzgado, un lugar donde me encuentre contigo y contigo otra vez. ¿Por qué nadie quiere ser juzgado? ¿Por qué nadie tiene autoridad para juzgar a nadie? ¿Por qué juzgar es pecado? ¿Por qué me juzgan? A veces me doy cuenta que soy mejor persona de lo que jamás imaginé y otras veces siento que me falta tanto para ser bueno, otras no pienso, otras pienso que también fui un completo hijueputa. Por respeto no me atreví a tomarle una foto con un súper acercamiento facial, fue demasiado, estar cerca de su estatua. Me reservo todos mis derechos para usarlos en una emergencia, me resisto a matar, me condeno a existir, me retuerzo sin dolor y a pesar de no haber sido el mejor día, me esquivé. Supe (sin saber cómo) que era el momento. Nadie me enseñó. Solo supe. ¿Qué ‘corona’ tienen los dentistas que no son incluidos en los seguros de salud? Me falta un verbo, uno que no sólo describa, uno que derribe esa puerta que nos separa de la palabra pronto, un verbo que se disfrute al decir, un verbo que transporte aquello que dejamos de sentir a un baúl inesperadamente añejo, un verbo que se interponga entre nosotros, que no nos deje respirar, que nos enseñe a ser adultos, que nos enseñe todo aquello que se olvidaron de enseñarnos en la escuela, un verbo con sabor a esto, esto que nadie más que tú y yo podemos celebrar. Una cena que no se trate de comer, un postre que se derrita antes de llegar a la cuchara, una maniobra que no nos delate, que nos corrompa. En silencio te rezo para que seas eterna, sin necesidad de serlo yo también. El relajo que se va a armar si provocamos esta soledad, si nos bifurcamos en un santiamén, el residuo de nuestros cuerpos que nadie va a saber donde poner. El billete de dólar que Sucre se gasta a diario para escribirnos un correo desde el más allá y decirnos, eso que le faltó decir y que su esperanza de resucitar alimenta. Esa humareda que irrevocablemente será de un fuego cutáneo, que no quemará sino semanas más tarde. Pienso que es mejor olvidar cuando las memorias no son nada más que heridas, heridas que generan más dolor ¿cuántas clases de dolor conoce el hombre? ¿Y la mujer? ¿Duele más dar a luz un hijo o una piedra en el riñón? Es doloroso no saber tantas cosas que nunca vamos a saber, a saber: palabras sobrecondimentadas, momentos que no vivimos y en general esas ausencias que en forma de minas antipersonales nos arrebatan el sudor, que fomentan la depresión, esas bienvenidas que nunca recibimos por estar presentes en otro lugar. Farmacia.

No me voy a meter con Dios

Yo también me quiero. No es egocentrismo, lo hago sólo para blindarme, en caso que nadie más decida hacerlo. A veces soy capaz de reírme de mí. Soy un hipster curuchupa lengua larga que se acompleja cuando le alzan la voz. Amo el anarquismo en dosis nocturnales, las mañanas me consumen, me queman el cerebro, las neuronas se resisten a la violencia, en paz. Gente que envidia lo que no conoce, que preserva lo que supone poseer, que incinera a ese dios que todos hemos llevado siempre dentro, ese dios que sabemos que somos pero no nos atrevemos a poner a trabajar, ese dios que no distingue un ser humano de otro, ese dios egoísta que nos obliga a matar, ese dios guerrillero que nos empuja a empuñar un arma, que no nos cabe en la cabeza. No me voy a meter con dios, a veces creo en él o en ella, especialmente cuando lo necesito. Dios debe ser una mistura de todas las razas. Debe hablar un idioma incompresible con detalles de todos los idiomas existentes. Cuando escapo de morir, gracias por salvarme, cuando me muera, ¿por qué dios, por qué?

Elefantes sin cordones umbilicales wi-fi

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Yo no sé soñar. Cuando niño me paseaba con toda clase de monstruos, alrededor de una piscina sin ingeniería. Finalmente no soy tan ambientalista como creí. Escribir por obligación. Resumir nuestras vidas en un suspiro, nada tan desinflamatorio como un suspiro. Los abogados de George Harrison. Desprendidos de un cuento donde las hadas madrinas improvisan de antemano un final que fue mejor no preveer en el acto. Si las consignas que pregonamos no se fueran por el desagüe así nomás, si los sabores que recordamos no perdieran su nostalgia, si los olores se esfumaran por sí solos al amanecer, si cantar fuera cuestión de decir cosas inolvidables al oído, después, un blancazo. Si borrarte de los créditos no estuviera penado con cargo a la consciencia, si pensarte no fuera suicida, si fumarte no fuera tan caro, si quererte fuera inmoral, te quisiera igual, de la misma manera, con las mañanas pálidas ajenas, que se me retuercen como entrañas propias, extrañas enredaderas que no soportan el vigor del peso de los años, años incontenibles, que siguen pasando inconteniblemente. Me resisto y me resigno, me vuelvo a despertar. Hoy amanecimos como siempre, pegados. Atorados a la salida de un antro lleno de drogas de prescripción, con música de funeral, con alientos de gargantas profundas, con sintaxis de borrachos, con identidades iguales a nosotros, al viento. ¿Alguna vez sentiste el viento? Me preguntó. ¿Cuándo fue la última vez que sentiste el viento? Insistió. Salgamos a pensar. Sentémonos a bailar. Que el descanso eterno sea una cuestión de seguir con vida. Que no juzgues esta vagancia tan mal vista. Lugares en los que la historia no sea impartida, sino respirada. Licuadoras que mezclen las versiones de los hechos de ambos bandos, para beber. Acordarnos de repente de todo aquello que ya olvidamos y recordar que la fragilidad de la memoria está implícita, sin estar escrito en ninguna parte. Que la historia de nuestros testigos sea la misma. Que nuestros huesos se sienten a beber café a la luz de una hoguera donde no asesinaron a nadie. Que nuestros escalofríos nos describan lo que sienten. Que nadie se meta con nuestros cordones umbilicales wi-fi. Que la gente ‘aprendamos’ a coexistir en catarsis, si es el caso.

Minutos

20120526-222624.jpg Foto: Nora Miño
Es ese tiempo, que no es mucho, justamente, el que queremos perder, sin reembolso. Un instante, ese que nos sobra, dilapidado irremediablemente. Morir no es tan malo, lo malo es que morimos, sin saberlo, sin entender nada. Dejamos de estar presentes y nos arrepentimos ausentes, en un lugar innombrable. Aprendemos a callar con mayor frecuencia que cuando hablábamos, sin saber lo que decíamos. Esos silencios que nos unen, ese mutismo que nos imponen, esas ganas de decir cosas que callados nos tragamos y enseguida se nos quitan. Autoalabado sea ese clamor que nunca sonó y que cuando no debía ser escuchado fue exhumado para después morir otra vez y después de muerto gratuitamente, gastritis.

Confesiones idiomáticas en última persona

Foto: Roberto Fontanarrosa

Hoy me salvaron la vida unas palabras que pasaban por ahí. Ni los aplausos, ni los discursos, nos darán de comer. El video del día que me enseñaste a odiar. El álbum de fotos del día en que mentimos por primera vez. La estrechez de los abrazos de un acto protocolario. Versos descalcificados. Un libro de autoayuda [motivación] como un atropello cognoscitivo. Brújulas con forma de vorágines. Este surmenage que por lo menos me sirvió para ver nacer al sol, este empecinamiento por morirse. Todos los signos de puntuación que me sobraron, están aquí. Miedos que asusten coyunturas. Flagelos que no entretengan por dinero. Melancolías imperecederas sabor a caramelo. Un continuo movimiento que no produce cambios, que me pone nervioso, que me lleva al borde de un abismo ergonómico. Si el volumen de las cosas es proporcional al apetito de los sentidos. Si nuestras mentes viajan en portugués, piensan en inglés y se pelean en quichua. Se enamoran en alemán, se mienten en francés, se perdonan en italiano, se recuerdan en blanco y afrodescendiente. Si tu puta religión no permite que la llame así. Si nuestras vidas son un ensayo de algo todavía más difícil de descifrar. Salir a celebrar que somos un pueblo amargado, que en nuestra alegría escondemos en silencio, nada más que rencores macabros. Las guerras que les vendiste con el dinero de sus impuestos, las armas de destrucción masiva de tu imaginación suicida/terrorista. ¡Qué españoles no somos, ni vino tomamos, no suplicamos por austeridad, no usamos la zeta al hablar, comer paella no querremos! El tamaño del coso público comparado con la distancia entre el pasado y el futuro de las necesidades de un grupo minúsculo de incomprendidos apátridas que vulneraron su memoria de corto plazo para improvisar una suerte de muerte insípida que no libera endorfina y no produce feromonas, que tiene color a nada, que no huele [sinusitis] y que sabe a demasiado poco. ¿Tienes fe? La música es lo de menos, me respondió.

Título: opcional [sabor: vainilla]

Buceo en las profundidades de tu esencia. Todas las vainillas que nos trajeron hasta acá. Soy o decidí ser [no sé cuando] una persona ‘dark’ o depresiva, debe ser por eso que al vestirme me gustan los colores más alegres, cuestión de compensación supongo. Me estiro en el tiempo para alcanzar a digerir mis falencias, me refundo en un pasado sin retorno, me desconozco, me desprendo de ese yo, otrora altruista, me perjudico junto a un desayuno antideportivo. No es obligación que todo lleve un título, pero me gusta titular, es como bautizar un niño, el poder de los curas, yo hubiera preferido que me bautice una mujer ¿Y si dios era mujer? Es lo más probable. Siento que escribo cosas que algunos no querrán leer, pero pienso que son parte de mí y que si se quedan dentro, algún día algún desconocido en la calle pagará las consecuencias, igual lo hago, le grito a la gente en la calle, a veces grito para ver quien regresa a ver, a veces nadie, a veces todos, me siento el loco de la calle que soy, y vuelvo a gritar, y nadie vuelve a regresar a ver. Somos relojitos predecibles y espontáneos, nuestras estupideces, alguien ya las calculó antes, alguien supo que ocurrirían. Alguien que cree que no pertenece a esta época, alguien que piensa que siempre el pasado fue mejor. Alguien que se dedica a arruinar vidas por dinero, alguien que vende ilusión pero nadie compra, alguien que piensa que a alguien le importa un rábano. Muerte por brócoli. Varios cuerpos encontrados entrelazados entre sí, que no representan nada. Niños que empezaron a ser viejos cuando sus viejos se convirtieron caprichosamente en niños. Una bocanada de taquicardia con café. Un silencio que parecen tres, que se prolonga durante años, una esquina que todos evitan, porque ahí una vez le robaron a alguien. Un minuto contigo sin nosotros. En lugar de callar decirnos cosas que pensamos que sonarían de otra manera. Te voy a besar de la manera más refinada posible. Pretender que nuestras lenguas no se conocen. Volver a mentir. Dejar de morir. Abrazados llorar. Piazzolla. Ese tren que se olvidó de parar.

Vivencial

Nunca aprendí a vivir y jamás lo volveré a hacer. Mientras muero [vivo] voy recordando funciones que me vinieron incorporadas. Mientras muero, quiero palpar, el estar vivo. ¿A qué altura de la vida se deja de nacer, para empezar a morir? Seguramente nunca sabré si salir a buscarte, hubiera servido para volver en mí. Haré todas y cada una de esas cosas que me hacen feliz exclusivamente a mí; y no a nadie más. Escuchar y entender que son esas mismas canciones las que en su momento, me llenaron de algo, hoy, algo distinto. Hoy me arrepentí, más que una sensación, fue una duda. Me arrepentí de haberme arrepentido. Finalmente y para volver a empezar, me arrepentí de haberme arrepentido de estar arrepentido. Sin querer escucho el trino de algo parecido a un lamento, me suicido por unos instantes, me pierdo en la eternidad de un detalle, para luego, solamente consciente, reafirmarme en mis convicciones celestes, parecidas a ti, al color que le pones a todo lo que ignoras, a la muchedumbre que nos recibió cuando aterrizamos en este mundo, para sobrellevar estos papeles que nos repartió esa burocracia ajena, con parlamentos que no concuerdan, con palabras que no saben equivocarse, con ideas que nos robamos de nosotros mismos, con recuerdos que no nos persiguen entre semana, con fines del mundo que enferman del estómago, que hacen que a la cabeza le duela, que infestan nuestras neuronas de amargura. Sociedad tecnológica, apocalíptica, autodestructiva ¿cuándo aprenderás a ser sociedad? Llanto brota por los grifos, en las esquinas los periódicos eyaculan vergüenza, ruidosas radios nos acorralan estrepitosamente en el tráfico, mientras en la televisión; la imagen de tus ojos es reality.

Celuloideándome

Esa sensación de creer que uno es el único ser humano que existe [The Truman Show] desear con todas las fuerzas, poder borrar todo de la memoria [Eternal Sunshine Of The Spotless Mind] confluir en un oscuro lugar con tus más dilectas amistades para autolesionarse [Trainspotting] buscarnos en todos los videos de seguridad de todos los lugares que visitamos en nuestras vidas [My Blueberry Nights] tener como filosofía de vida, el vivir a merced de filosofías de vida ajenas [Ghost Dog: The Way Of The Samurai] ir por la calle gritando y llamando la atención de los más desprevenidos, de los que menos se molestan en tomarte en cuenta [Los Idiotas] traicionar todo, buscar el origen de lo que nos convirtió en lo que hoy nos condena [Once Upon A Time In America] fingir que somos los menos cuerdos entre los más patéticos locos disponibles [One Flew Over The Cuckoo’s Nest] escapar de todo, encerrarnos en nosotros mismos, en una ciudad donde la gente se reúne a conocerse en congeladores [The Shining] suspender los convencionalismos por un momento y desencadenarnos de la música que sin parecer clásica lo es [A Clockwork Orange] aprender a querernos antes de odiarnos, mirarnos fijamente sin aceptarnos necesariamente [The Elephant Man] fumar hasta perder el habla [Smoke] esconder nuestras más íntimas obsesiones para que nadie las conozca o sacarlas a pasear para que alguien las perdone [Taxi Driver] trabajar a deshoras y dormir durante el horario de oficina para congratularnos a la hora de la muerte amén [Bringing Out The Dead] comunicarnos por vías subterráneas que nadie va a volver a transitar jamás [Underground] comunicarte que no puedo comunicarte lo que quiero comunicarte [Punch-Drunk Love] renacer a cierta hora del día [The Kid] olvidarse de todo sin dejar de permitirle paso al aire [Paris, Texas] anteponer algo a otra cosa y después cambiar nuestras prioridades al azahar solo a manera de desafío [El Discreto Encanto De La Burguesía] hacernos la vida blanco y negro, decir que todo tiempo pasado fue lo que fue y exactamente aquello que tuvo que ser [Stranger Than Paradise] nacer y sentirnos como los elegidos aunque no lo seamos, y aunque si [Todo Sobre Mi Madre] ser hijo de alguien en teoría [La Historia Oficial] pasar la navaja tan despacio como para sentirnos inmortales [The Color Purple] y dejarte en la nieve con un pie en la muerte y el otro también [Fargo] estar sin estar en ese lugar donde las personas que están son las mismas que las que no están [The Man Who Wasn’t There] bailar [Pulp Fiction] matar [Natural Born Killers] saber que talvez en este país verdaderamente no pasa nada [Entre Marx Y Una Mujer Desnuda] dividirnos en cuatro [Four Rooms] tomarnos el tiempo para dejar de hacerlo todo y no hacer nada [25th Hour] descubrir que somos de otro lugar [Hombre Mirando Al Sudeste]

Comienzos de guerra o certezas sabor uvilla

Ay de aquellos que perdieron la esperanza por última vez. Alambres que no llevan a nada. Mis mamás siempre me reclamaron por mi mirada, esa que insolente y sin hablar, explicaba cuán insolente soy. Se me perdieron algunas cosas en el camino, no el camino. Ser oruga, un sedimento pluscuamperfecto, un documento insonoro, un elemento que ayuda por más poco que sea. Soy lo que me gusta ser y no quiero pensar en lo que hubiera podido ser, si no… Te repito una y otra vez aquello que siempre te repito, sabiendo que no lo quieres entender y que no lo sé explicar, para ver si te crees lo que siempre hemos sabido mentira, para comprobar si te olvidas lo que siempre verdad. Ay de aquellos que se aferran a las palabras. De aquellos prisioneros de sus posesiones, de aquel objetivista con la frialdad de los números, esos que dominan su cabeza… Me encontré con un compañero de colegio al que no veía quince años, le pregunté ¿en que andas? Me contestó: haciendo plata, que es lo más importante y lo único que cuenta. No podemos medir el éxito de las personas por el colegio en el que están sus hijos o por el auto que manejan, me dijo en otra ocasión una sabia señora. Un gran amigo me dijo una vez: ¿para qué voy a tener plata en el bolsillo si puedo invertirla en un buen disco o en un libro? Esa guerra que libramos cada instante que estamos con vida, esa batalla interna que nadie pierde, que solo uno [nadie más] cuantifica los daños. Esos soldados que rondan nuestras entrañas en busca de supervivencia, que por momentos confunden bandos, amigo con enemigo, esos cambios extraños de los que solo damos razón cuando estamos acostados en la cama a punto de dormir, pero algo nos lo impide [pausa] estamos cambiando.