
La historia repite a gritos lo innegable, desde siempre y hasta siempre, estamos condenados y no se trata de una historia solo de hoy, queremos huir con anticipación, no quiero que tus hijos crezcan aquí, ándate muy lejos a renegar de lo que eres, ésta hipócrita antidemocracia de ciudadanías geográficamente aleatorias, posterguemos conversaciones sobre cambiar constituciones, que quejarnos no nos lleve al orgasmo, lo solucionaremos rellenando espacios con aserrín astringente -como si nada- es que esto no es conmigo, ésta no es mi lucha, todos los políticos son la misma verga, como si nos tomáramos en serio la numeración de la latitud, el mudo inconforme que soy, ese pedazo de inútil que se desprende lentamente a falta de capacidades, como si el sol perpendicular sobre la mazorca más perfecta del mundo no significara algo, que las piedras nos reboten, que vengan nomás las plazas hasta las yemas de estos dedos insurgentes, verdugos de las ansias, me tienen sin cuidado las cenizas encontradas, mejor es que las generaciones venideras se jodan, resoplar plegarias sobre ancestrales rosarios expendidos como souvenirs, si hasta nos sentíamos bien de estar ahí y no en el medio de la gran explosión que nos convirtió en todo aquello que hoy aseguramos no querer volver a sentir que somos, el aroma sepulcral de caer derrotado sin haberlo intentado, después de oler es mejor olvidar, como si no se hubiera enquistado ya en nuestros «a de enes», sospechando de antemano lo difícil que es salirnos con la nuestra, como si la memoria colectiva no tuviera efecto retroactivo, la justicia no siempre va a ser la misma, como si la realidad pudiese perder su sentido, como si volverlo a vivir fuera necesario como para recordarlo maldita sea, hay que quedarse todas las décadas, todos los que nos quedemos a ponerle la otra mejilla, a esto que nos viene pasando toda la vida, aunque aseguremos no habernos dado, ni cuenta, eso a la historia, le da exactamente lo mismo.








¿Por qué te llamas así Emil? Me gusta tu nombre, me lo quedo. Paloma. Amanda. Esterfilia. ¿Hasta qué edad hay que vivir para entender por qué nos llamamos como nos llamamos? No he preguntado. Te nombraron como a un militar, y es que seguramente no te encontraron donde naciste, y aunque no viviste como debías, esa basura de todas maneras te hizo fuerte, como el frío más cortesano, te bautizaron así por Neruda, Fidel o el Che, te llamaron así por un emperador ciego que pensó que al menos algo vería, pero inaugurando hospitales se volvió más viejo, y más viejo todavía, porque cuando quiso que lo atendieran ya no había ni villa ni favela, peor hospital, la envidia lo incendió todo. Nunca pudo ver lo que había construido. Tal vez te pusieron como papá, o como dictaba la moda, o como había que llamarte, ineluctablemente. Reagan. Sharif. Ritmo alfabético. Nadie dejaría que el envión se enfríe, te llamaron Santiaguito por Cali, y te aventaste a decir más de lo que a tu propia honestidad le hubiese gustado permitirte, sabías que el idioma nos volvería inseparables y que si Bolívar soñó, nosotros también podemos chucha. Te nombraron por un futbolista, un cantante o por aquella diva/bailarina de las piernas incontrolables, te pusieron un nombre de viejo siendo niño o tal vez uno de niño siendo un niño de alma vieja, o eres un llamingo cualquiera, un «enywan-warever» de ciudad ninguna, te pusieron un nombre político y revolucionario para que termines aprobando préstamos en un escritorio del banco, vomitándoles en la cara mierda innecesaria que podrían jamás necesitar, déjalos que se aburran hijueputa, aburridas todas las vidas en general, nivel dios de putrefacción, pregúntate si cuando seas de madera te van a seguir queriendo igual, porque te amaron sin obligación, 

