Latest Posts

Viaje a la tienda

IMG_4447

Un lugar cuya valía se basa en la huella que dejó el tiempo en él. Respiramos húmedo en búsqueda de preseas distribuidas azarosamente en cajas de cartón a punto de quebrajarse en un suelo de madera cansada. Se siente como un laboratorio clandestino de medicinas que curarían para siempre a soldados de guerras post eternidad, azuzados por el rock de la nicotina y la desesperanza del descontrol. Acordonados por prestidigitadores del autoengaño que les gusta convencerse de que hoy no fue un mal día y que la comida no está gélida, que disfrutan su trabajo y que aman a alguien o que no tienen ganas de mandar todo al carajo. Suicidarse sin más que certezas y penas poco profundas, bastan un par de instantes para dejar de confiar en ti del todo, un trágico resquicio bastará para matarte, invitarte a experimentar nuevos miedos, abrazar de sopetón nuestros propios fantasmas, arrimar al unísono nuestras cabezas en nuestros hombros, como si lo que más tuviéramos, fuese tiempo. El tiempo es una fotografía en la que siempre querremos estar, un azar deliberado que domó al viento, sin dudas o espacios, un caos sabor cereza que no transige con sublevaciones aplebeyadas. Entre lámparas redondas ondeantes anunciando algo fúnebre, me solidarizo con mi karma, con esa sensación de haberte perdido en el camino mientras nos tomábamos un minuto descafeinado con croissants hinchables. Para terminar, fallecer en un cuarto de baño profundo y estrecho con mosaicos verde agua discontinuados, nauseabundo de fragilidades, innecesariamente tibio. Sé que siempre estarás en esas charlas rancias, oscilando junto a alguien parecido a mí, con una laguna que nos alumbre y una luna que nos pringue. Encontrarte alineada, con la edad mental alterada, perdida en mis fotografías. Me gusta estar morado, y después verte. Perdón, verde.

 

 

 

Los pendejos que creen que los pendejos son los otros y viceversa

#127no queda nadie más en las calles todos vamos solos no necesitamos interacción vida en formato express entes simples de mediática recordación y linchamiento inmediato con libros sobrevalorados experiencias borrosas todo más corto neblina pasajera lecturas de quinientas palabras soledades tumultuarias videos de máximo dos minutos retórica antediluviana no hay tiempo hablándonos a nosotros mismos ablandándonos ante una multitud de desconocidos ocupados dejando de ser nosotros con la esperanza de que alguien te haga el más mínimo caso engendros universalizados ese neurólogo que sin saberlo no dejó que lo ignorara con teléfono inteligente dinamitándonos la visión encadenar frases al azar hasta que formen un todo con algún sentido o un algo con ninguna significación con la urgencia de tuitearlo antes de vivirlo en lugar de irte a ver te hago canciones es mi estúpida forma de quererte al menos es mejor que cuando no existías y no te hacía canciones ni nada ni bien acabamos de cagarla buscamos flamantes proezas de las que arrepentirnos sobrevivientes de muertes verdugos de esa vida que nos hemos obligado a llevar magníficos cómplices de la miseria de los que nos rodean sicarios de billar abrazos atropellados que llevan a otros atropellamientos vidas recurrentes que transcurren entre menesterosos y distinguidos esqueletos de tisú aceras erosionadas por lo que pareció una masacre accidentalmente pacífica viajes repetidos al déjà vu de esa imagen indescifrable que deja un sello en tu pasaporte el refulgente parlamento que da inicio a la vida el catastrófico mitin que engalana con luces de colores en el cielo el advenimiento de la santa muerte niños sirios impresionados durante algunas generaciones microbufetes ambulatorios de abogaduchos con chuchaqui eterno diez minutos al día todos los semáforos de la ciudad se quedan en rojo porque sí todos somos pendejos en mayor o menor medida los que creen que nadie lo es los que creen que todos lo son los pendejos que creen que los otros son los pendejos y viceversa

Ni un alma

#126

Para mis hijos

Salimos de la solitaria -¿y sospechosa?- quietud del vientre, a la violencia de las guerras de las calles de las ciudades, futuras ruinas de nuestra barbarie y en medio del shock y por la fuerza, nos etiquetan: asustadizos. In fact este lugar no está tan desolado como proclaman por ahí (no en la tele, ok sí). Me conformo porque soy así de nacimiento: con el término medio entre el completo caos y la paz absoluta, con un vacío del bueno, esos donde nada importa ni siquiera lo que se te pueda caer de los pu*** bolsillos. Cada crooner afronta su propia vorágine de monstruosas sutilezas, con limitaciones tan auténticas como lo es él. La competencia es para determinar quién envejece menos aparatosamente o quién se siente menos miserable respecto de sí mismo, nada más, ni nada menos. No importa cuánto tiempo pase, las fotografías -de nuestros miedos, complejos y taras- siempre se verán antiguas, aunque en su momento hayan parecido el reflejo de algo, preguntas ambiguas, un intento inútil. Todos somos un algo africano de fabricación china controlado por alemanes, de mezquinas metas y mezquitas amenas, con suficiente sufrimiento y vagos recuerdos del origen de nuestras heridas. Traumados a más no poder, hipertraumatizados y con altísimas probabilidades de llevarnos esos traumas con nosotros a la próxima vida. Qué no se admitan fotografías demasiado claras, proclamas con las que nadie va a sintonizar, argumentos muy contundentes, posturas tan apasionadas, desgarro en las despedidas, discusiones estériles que nos lleven a algo, retazos de esperanza colgando de aquella pared donde cohabita todo lo infructuoso. Papel periódico mojado olvidado por quienes lo llenaron de palabras, en la mitad de una calle con un triste nombre triste. Perder la esperanza en primer lugar, irrevocablemente. Qué se vuelva menos impopular la sinceridad. Quisiera que metan en mi ataúd junto a mí, un montón de dinero que se pudra, que nadie más pueda gastar, great beyond medals.

 

FoRG3TFU7N355V1LL3

DSC09545Escribo exactamente desde el día en el que decidí llevar registro de todo, impensable escribir de ciertos temas, ni se me ocurría, supongo que algo en mí debe haber madurado, no sé.  Dejar de soñar que soy el premio consuelo de alguien o por lo menos conformarme con no estar en la cárcel, una de las dos. Un ciudadano equis, políticamente nulo, diametralmente opuesto a todos, se encuentra parado en la actualidad entre el milagroso jaguar ecuatoriano que todo lo que necesita es Ecuador y la nación quebrada sin esperanza devastada por los inmisericordes. Una isla de paz venezolanizada, no democrática, sin instituciones y velando estos restos, los restos del tan hijueputeado establishment de la tierra de la desmemoria. Tal vez alguien hubiese preferido que permanezcamos petrificados en el status quo de las haciendas donde esclavizaban a las personas y no a las empresas, ese lugar en el que el perpetuo ir, venir y devenir del alzheimer retroactivo del patrón, era ley reinante. Salvajes críticos fiscalizadores de wikipedia, que sobornan a los proveedores de su negocio para su renta personal, hipócritas de cuarto nivel que le roban a la empresa en la que trabajan para gritarle ladrón los jueves al que se le cruce, que llevan doble contabilidad para eludir la mayor cantidad de impuestos posibles, no honran deudas, palabra u honor, autovíctimas de su propia santísima trinidad, pidiendo felicidad a domicilio, que plañen en medio de sus propias meteduras de plata, más tristes que un pescado en descomposición que nadie alcanzó a comerse, corruptos impresentables de su propia burocracia privada. Progreso inmensurable, desarrollo que no registra ningún pib, pierden paciencia y quieren de inmediato industrializar esta tierra bendita con la mayor cantidad de payasos mc donald’s posible, inundar nuestras calles con el meado de paco rabanne o que nuestros chefs aparezcan cuanto antes y de la noche a la mañana en la televisión peruana. Proyectos largoplacistas cuyos resultados nosotros queríamos anteayer. Burropiés de nuestra cruenta historia, sodomizados y jalados las patas antes del mismísimo big bang. La enciclopedia de doce tomos gruesos sobre la historia de la corrupción ecuatoriana. Con un risueño chasquido somos politólogos de peluquería/alcantarilla. Llegar tarde, escupir en la calle, hacerse millonario estafando, ignorar filas, pasarse de vivo, provocar la mayor cantidad de asco posible. Irse en su contra porque sí, en contra de la gente, gente que sí es gente por si acaso, que sangra sin buscarlo, que entrega su vida sin necesidad de manifiesto alguno, prepararles un sánduche es lo mínimo. Soldados civiles que llevan dos quinquenios conquistando cada vez más y más derechos. Una década que no se perdió para el campesino, obrero del sur, el campo o el suburbio, un gobierno imperfecto que conduce una sociedad que es su reflejo, y viceversa. Igual que un padre no podría forzar el propio amor filial, ojalá que no se haga tan tarde demasiado pronto  (…)

 

 

 

The day we stop being stupid

DSC03545

Vas por la calle y no sabes si la persona que camina frente a ti quiere hacerte daño o el sweet love. No vamos a tomar leche por sugestión. Nunca le dije a mi doctor que no sé diferenciar malestar de bienestar, siempre fue capaz de interpretar mis silencios. No vamos a apoyar la minería a gran escala y a cielo abierto solo por que andamos con el cerebro lavado. Dijo que le cuente esa historia de la que no estoy completamente seguro si me siento orgulloso o qué, de cuando fuimos esos seres humanos averiados, que desafían leyes terrenales y estupideces. No vamos a tolerar femicidios solamente porque la gente no acepta el origen y morfología del término. Nadie está enfermo, todos somos redimibles, el del falo color de rosa o el del fondo tupido y frondoso. No vamos a aceptar que las cárceles sigan vacías de culpables cuelliblanquinos. Yo vomito después de cada sesión, dijo, me quedé con ganas de preguntarle por sus tuberías. No vamos a aceptar que nos rechacen y discriminen así porque sí. Yo no me avergüenzo de nada, especialmente de lo ajeno, puedo reír y morirme en tus relatos, susúrralos con confianza. No vamos a olvidar el pasado a menos que nos prohiban hacerlo. Desconocer la consanguinidad y no echarnos a desangrar, sin importar el tiempo que transcurra entre hoy y la muerte. No vamos a sepultar por nada esta censura que al de más arriba no le importa, porque no le llega, porque nada sabe. One day we stop being stupid. Desprenderse de otro ser es reservar un espacio estático en la memoria, que nadie podrá tocar jamás, con la gracia de Dios. Si todos habláramos como las abuelitas. ¿Ablandarnos? bajo ningún pretexto. Absolutamente todo depende de la duración de un beso cualquiera. Abrazos de parientes desconocidos, eso necesito, esa nostalgia entrañable, inexplicable, no concebible. Narcotraficarte hasta detener tu corazón, abusar de tu confianza hasta el desborde. Pasaportes.

 

Morir y matar on a daily basis

trenFoto: Nora Miño.

¿Se puede uno saturar de estupidez? Ajena o propia… A veces empatizo con los psicópatas, me convierto en uno, no quisiera, parece obstinado, pero estoy convencido que la peor tragedia de la humanidad, es la hipocresía, y en tal sentido, prefiero no ser un hipócrita que no descodifica todo aquí, donde corresponde, en este hijo de puta blog.  No conozco el término que describe al individuo que se quedó congelado en el tiempo y que nunca fue capaz de repensar nada, prefiriendo morir con los mismos preceptos con los que llegó al mundo, sin creer en cambios, su cerebro nunca fue programado para ello, no fue testigo de transformaciones, por lo tanto no tiene incorporado el concepto, no podría, por más que quisiera, al menos no por sí solo.  Cambiar el mundo dejó de ser: trascender, prefiero pequeños baby steps, ¿quién juzga qué es más importante que el resto de sucesos? ¿Los redactores de los Mass Media? ¿Correa? Así reneguemos, cada decisión por más insignificante que parezca, mandó algo a la mierda, algo dejó de suceder como consecuencia, morir y matar on a daily basis. A veces pienso en español, algo que sounds better en inglés. La gente te traiciona el día que te conoce, no existe la sinceridad a primera vista, los imbéciles, o sea nosotros, no sabemos aparentar como deberíamos. Viejos errores are back here to hunt you. La delgada línea que separa la solidaridad de la limosna. Las calles volvieron a llenarse de indigentes pordioseros que el ministerio de la dignidad no supo -pudo- esconder más. Vivimos así: forzados. A trabajar en un lugar con un ambiente de mierda, a mirar a los ojos hipócritamente a quien no respetamos en lo más mínimo, a seguir normas que existen únicamente para demostrar quién es el que pone las normas y quién no, a comportarnos con repugnantes y sofocantes estándares que nadie soporta y que todos soportan en silencio. Todo lo que cometemos, es intuitivo, somos inercia, muy poco más que eso. Nuestros propios títeres. Vacío de voluntad. El autómata que te auto-mata. La parte del engranaje que miente, utilizando innecesariamente la palabra: sinceramente. Te voy a ser deshonesto. Nadie es una birria, todos somos la mezcla de algo, con algo, desafortunadas mezclas de algo con algo. Suicidio en la licuadora. Un cerebro tan batido, que se rebeló. Finalmente te obligó a pronunciar aquello que nunca imaginaste podría venir de ti, no se puede pensar así, pensabas… Soy un esclavo, una deuda con muchos ceros disfrazada con telas inglesas, con la garganta atormentada por un retazo de seda italiana. How good can it be to do something that seems correct for the wrong reasons? Más alimentos orgánicos y menos tecnología, más naturaleza y menos preservantes, menos cemento y más contacto humano. Estar deprimido deprime más, subyuga y libera, te encarama en un pedestal en donde quedarás solo, la fucking sociedad no sube allí a los locos, a ese pedestal, que merecen, tan merecidamente, con tanto merecimiento.

 

 

Cer-oscure

#122Foto: Nora Miño

No se compadece de ningún presente o panorama específico, que las letras que damos hoy a luz, rezumen congoja. De ninguna forma se justifica que los besos que no nos impartimos, hayamos tenido que desaguar. Qué la sequedad imperante no sea sinónimo de la escasez de humedades, qué los plurales que hoy nos persuaden se unifiquen durante al menos un estornudo grandilocuente, contumaz, apabullantemente mojado. No se entiende bajo concepto alguno, que las ideas que fecundamos se desmoronen sin una pizca de esperanza, sin ningún tipo de adiós. Qué la guerra no nos sea indiferente en face book, qué no nos olvidemos de crear un álbum de fotos con las más desgarradoras injusticias sociales, qué no recordemos la razón de nuestra indignación, qué olvidemos el porqué de todo aquello que no corresponda a la paz. Qué la saliva malgastada se recicle, a manera de viento lleno de palabras de provecho, del bueno. Qué nuestras lagunas superen el plano mental en el que fueron inconcebibles. Qué los fluidos corporales que hoy nos separan, pronto se confundan con esos seres oscuros que nunca nadie -incluyéndonos- quiso que dejemos de ser. Qué esa tormenta láctea de amor que no termina donde empezó, ni acaba de empezar con un sobresalto de seda, se sobreponga a la oscuridad en la que nadie se diferencia, a pesar de la consanguinidad que une a todo ser vivo, con todos los demás. Qué el hervor de nuestras arterias en los límites de nuestra cama ajena, se traslade a un sinfín paralelo de advenimientos, a una matracalada de adoraciones que no nos conduzcan a nada de manera consensual. Qué nuestras explicaciones cotidianas no se esfumen en una bocanada residual de deidades y corifeos de mensajes sin ritmo, que nos obligan a bambolear nuestras cabezas vacías, o llenas de música, o de algo que creemos que es música, alucinaciones liberadas de ruido, pero pacíficamente saturadas de soberbia y alcohol. Qué el dolor que hemos deshabitado se convierta en refugio de la soledad absoluta y por default nos alegre, o por error, o al menos nos detenga de manera parcial y evite que cometamos de forma consuetudinaria, la misma paparruchada. Qué cancelen por razones relacionadas al mal clima este apocalipsis neuronal, generado principalmente por un pénsum con sobredosis de reguetón. Qué despierte nuestra bizarría, una fila de asientos en clase empresarial, seleccionando cierta información, que con ningún profesionalismo, han escogido negligentemente para nosotros, el mundo. Qué los jueces moralistas del bien y el mal se despierten con disentería, aproximadamente entre las dos y las tres de la mañana, a más tardar mañana. Qué los propietarios de la palabra queden descalabrados y todo quede en un silencio casi absoluto, lleno de dudas y nimiedades sin desenlace. Qué nadie crea que el espacio vacío que les ha sido otorgado para llenar, lo pueden plagar con desperdicios de sus menudencias. Qué de una vez no te vuelva a ver, aunque eso cueste, mucho dinero, todo. Soy uno más que no encuentra los tiempos de los verbos que busca, nadie más.

 

Los elegidos (we are not it)

#121No sé para qué o quién escribo. Criticarte mientras me lees. ¡Testigos que destruyen silenciosamente un panorama ajeno! Forasteros de la injerencia, parásitos sin patria que se automedican su propia mierda, mierdaterapia. Y es que así nos criaron, sin rainbow, con azúcar menos o más refinada, coladas con principios de demencia senil que no brotaban de un envase Tetra Brik. En crisis perpetua, con cada detalle un poquito más tapiñado, sin verdades a lo bruto, ni tanto bruto diciéndolas, con gente que realmente leía la Biblia y no se la fumaba, con nuestra torpeza como única evidencia, riéndonos como estúpidos del absurdo de estar vivos, oliendo flores sin necesidad de tenerlas cerca, convencidos que el mejor de los tiempos todavía no ha llegado, queriendo un Ferrari Testarossa sin darnos cuenta lo estúpidos que nos veríamos en él. Nunca imaginé encontrarte en esta vereda, ni a ti en esta otra, es un honor y una mini apoplejía. As you probably know, we are not it. Los elegidos ya fueron, se confundieron entre ellos y eso llevó a que no se den cuenta quiénes eran, y así sucesivamente. Darte pensando a manera de guía. Editarnos un poco la vida, sin afán de redención, sin afanes, sin revolver tus videoclips intestinales, sin acercarme más de lo que la restricción permita, sin aventurarme a nada que no tenga un mapa de por medio, sin pedirte que me hagas favores o que me llenes la boca o que al menos me asustes un poco para así sacudirnos de este percudido ensimismamiento. Seré un enemigo que no festejará tus caídas, no se regodeará en tus sinsentidos, un enemigo fiel con el que siempre podrás contar, un digno contradictor de tu especie, un enemigo recomendable, casi saludable. Distinguiendo los ocasos de cada momento, me conduzco hacia el final de la velada, intento que las palabras no se superpongan, que no se choquen demasiado las miradas, que no interfiera entre nosotros algún aspaviento o frío pirotécnico. Desbaratar la continuidad de las películas, destruir la estructura de las canciones, feminismo inducido, ultra-machismo añorado, tanto maldito fruto prohibido que demoramos una eternidad en procesar, ese gen curuchupa que no cargamos en la billetera y que convenientemente dejamos de lado, una que otra vez. Esa manía de mirarnos al espejo y pretender repetir cada vez con más ímpetu esos errores que nos llevaron a ser lo que hoy somos, recordar esos aciertos que evitaron que seamos un monstruo diferente, lo primigenio de no estar listo para lo inesperado. No saber qué mas decir. Quedarse dormido con el único propósito de capear la falta de iniciativa que nos carcome. La OMS debería denunciar al desamor, la traición, la bancarrota, la soledad, el desamparo, la indigencia, la desidia, el terrorismo, las farmacéuticas, los fabricantes de armas, al Vaticano, al Banco del Vaticano, a la falta de interés, al descontrol, las pesadillas, los difamadores, los que venden su patria, los que se demoran en reinventarse, los que se callan y los que huyen, sobre todo, a los que huyen.

Calmo jadeo prolongado

#120Cuando el juego se acaba, los curiosos aprietan el paso y caminan como corriendo, como si hubieran dejado pendiente algo muy importante, nadie es tan importante por sí solo. Maldito el que sobrevalore el juego en equipo. Dejar de ser un conductor de lo negativo y convertirme en escapista. Lanzarme de un puente, que se rompa la soga, y volar. Me despertaré en silencio y saldré a venderme la muerte, que los pendientes esperen pacientes, dejar de pensar, quedar mal con todos, veré un comercial que me llenará la cabeza de prejuicios, tomaré una bebida tan azucarada que vomitaré glucosa por la avenida, me despertaré tan tarde que será otro día, comeré tan orgánico que emergeré de la tierra, participaré de tantas manifestaciones que seré una ocultación, haré feliz a todo el mundo por curiosidad, llamaré a insultar por asuntos del pasado, seré tan «perfil bajo» que saldré a la calle a gritarle en la cara mi fracaso a todo el que se me cruce, convendré que todo es relativo para volver a nacer cada mañana y convertirme en un símbolo perenne de mi ineptitud, maduraré en episodios y envejeceré en forma de rodajas, me volveré a sentir como aquella vez cuando dejamos de sentir por completo, no seré un extracto de mí mismo, sobriamente adoptaré el oficio de alcoholizarme y perder cualquier beneficio, hasta el de la duda, específicamente ese, redistribuiré dinero por las calles, apreciaré lo que me sobra y despreciaré lo que me falta, me querré más, seré mi propia autoayuda, escribiré un libro que mienta, una canción que no suene igual, un párrafo que no tenga relaciones, una palabra que se parezca a tantas otras, gritaré por la ventana porque afuera hace frío, jugaré con todos mis niños interiores un partido que se va a definir en tiempos extras y que todos vamos a perder, serviré de consuelo, dibujaré una anécdota, me sentiré importante sin haberlo pretendido, reescribiré la escala de Beaufort y me extinguiré en un microsuspiro, para que nadie me recuerde mientras me olvida, para que la vida no tenga epílogo que la explique, ni el deceso argumento que la persiga. Perseguiré la dichosa muerte, para que la oscuridad se congele en un suave disparo de lluvia, una lluvia superflua, una lluvia que nos obligue a reconsiderar lo superfluo, un calmo jadeo prolongado. Qué nos dejen de engañar con esa procesión. Tomaré el tiempo que sea necesario para perder el tiempo sin vergüenza, desfiguraré mi historia para apropiarme de una que me disguste menos, es posible que mute, es posible que no, es posible que no sea posible, que mute.

Penúltimamente

#119Maldita la gente envenenada, que insulta para convertirse, en el indiscutible perdedor de una discusión. Una banderita ecuatoriana now and then. ¿Se puede uno volver inmune a tanto odio? Debería ser un derecho humano que nadie te pueda obligar a envenenarte con tal o cual veneno. Un cebiche con uve o con be. Tengo miedo a convertirme en ellos, aunque nunca nadie se convirtió en nadie. Un continuo loop que se mantiene mal que bien. ¿Y qué hago con el veneno? Hay que aprender a rechazarlo sin contagiarse. Sorbetes de acero para beber maracuyás introducidos. Me siento inválido, no puedo rechazarlos. No sucumbas ante el masoquismo. Siento restos de petróleo entre los dientes. Soy mi propio hallazgo en este coctel de pobres criterios. Autodescubrirte es vencer el más sofocante de los ostracismos. Verdes frutas esperando alineadas una razón para huir, o la muerte, o ninguna de las dos, o las dos. Escarbando en mi interior no encontré ningún helado sabor a esperanza. La esperanza no es cuestión triste. Mis sílabas favoritas se diluyen, antes de hora, evanecen. El desencuentro que por haber sido provocado a destiempo, genera este desaliento desanimado, que desatina a desprenderse desaprensivamente de su desentendimiento, causando desatención y desamor que no desatoramos de nuestra desaseada infelicidad. Así con el viento, nos mareamos, eternamente, como góndolas en un canal que se vacía cada hora, como sopranos en un rincón maldito por la urgencia, desamparados en desolados parajes que nadie quiso volver a deambular, sostenidos sobre un quebrantable tinglado donde una y otra vez repasamos lo miserables que son nuestras vidas y todas las formas que se nos ocurren para deshacernos de ellas. Ese solemne paso en falso que nos marcará por el resto de nuestras vidas o del siguiente minuto, esa decisión que nadie tomó por vos, esos vasos sin lavar por los que nadie preguntará, esa golosina de chocolate amargo que escupimos deliberadamente sobre la basura, aquellas presuntuosas nueces que nos dejan sin aliento y sin saber leer ni escribir, la puta de tu mama. Un segundo. Creo que en algún momento de esta tormenta, esquivé algo. Utilizo los olores para desconcertarte y que te enteres que tengo recibos para sacarte en cara la nada, para devolvernos la plata y el dolor que nos causó. Puedo emitir certificados de mierda que calcen en tu amor propio, podría mentirnos por horas y seguir. Creo que en cierto punto, mi infancia perdió sentido, por eso decidí prolongarla, quedarme en ella como un parásito al que le duelen las manos de tanto aferrarse, que perdió sensibilidad en la billetera, que se propinó sus propias lecciones para no andar echando culpas a nadie, para no andar justificando su estupidez con nadie más, para poder gritarles a todos los vientos, para sentarme a esperar que lleguen las estaciones, para al menos optar por un reconocimiento de mi propia parte, para poder hablar solo sin que no me interrumpa, para llorarte un par de décadas largas de las que nadie aprendió nada, para escapar de este incendio que provocamos con insoslayable precaución.

Baño en sangre

#118

No quise guardarme este relato solo para mí, así que, aquí va. Lo leo una y otra vez, con lágrimas en los ojos, especialmente de nostalgia. «Esas mismas leyes son las que nosotros quisimos crear en el pasado» me dijo, mientras suspendía su mano en el aire, como quien se aferra a un pedazo de su ilustre pasado. En esas ocasiones me recordabas a Velasco Ibarra, no te dije. Atesoraré por siempre y más que cualquier posesión, esos instantes contigo. Me sentaba a visitarte y escuchar las historias de tus visitas a recónditos rincones, donde te reunías con extravagantes comerciantes, y para mí el tiempo se detenía. Jamás intenté imaginar los escenarios que me describías, no hacía falta, tus palabras eran magia, escuchando tu voz sabía que cada palabra, representaba la más absoluta verdad. Me hablabas y en el devenir de tus palabras, la vida se resumía, la mía, la tuya, a esa altura era difícil distinguir. Conocías muchas personas importantes y ellos a ti, me gustaba imaginar que habías tenido esas experiencias, solo para poder transmitírmelas. Como si la configuración de dichos acontecimientos, había tenido algo que ver conmigo. Lloré mucho tu muerte, lo sigo haciendo. Cuando se fue deteriorando tu salud y dejaste de hablar, es posible que tus historias se hayan magnificado un poco, o a lo mejor no, no lo sé. Pero algo cambió. Fue como si se hubiesen archivado instantáneamente en un impoluto santiamén. Cada día, en lugar de difuminarse, las recuerdo con mayor nitidez, aunque no las haya vivido, espero sepas entender. Cuando requería consuelo, siempre recurría a la grandilocuencia de tu mirada. «La obra es innegable» disparaste en cierta reunión familiar, yo sé que a un ser humano se lo recordará más por aquello tangible (obras), que por los relatos que se hayan podido tejer a su alrededor (chismes), pensé yo. Siempre presentí que debido a tu avanzada edad, te metían ideas raras en la cabeza, aunque tú preferías nunca reproducirlas delante mío, no sé la razón. Solo lo hiciste una vez. Mientras te llevaba a comer, aseguraste que no podía irrespetar así la historia, que debía ser más consciente de lo que hace, creo que te referías a cierto acto oficial en el que no se había puesto corbata, es que así era él, todo desacorbatado. Algunos podrían pensar que con los años fuiste perdiendo la elegancia, pero no, se trataba tan solo de tu particular forma de evolucionar. Tomabas té, quién sabe de qué hierbas, en un jarro térmico, chupabas sorbos antes de concluir frases imponentes, después de refrescarte, dejabas caer esos finales como banderillas filosóficas, estéticamente perfectas, como solo tú sabías. Esos tés provenían de los más exóticos parajes posibles, siempre fuiste el humano más viajado que conocí.  A los dos meses de tu fallecimiento, desperté una noche de golpe como en pesadilla, con un horrible vacío en el pecho, como si te hubieses muerto ahí mismo, ese preciso instante. Así fue nuestra historia juntos, un sinnúmero de exabruptos sin hilo conductor, una mazamorra de momentos que hoy aquí (más que tratar de entender) estoy tratando de reunir. Otro de los recuerdos que me acompaña, es el día de mi primer cumpleaños. Vivencia que vuelve a mí, gracias a una sencilla fotografía. En ella me sostienes mientras intento torpemente apagar la vela en el pastel, tú sonreído, yo engreído. Siempre disfruté regalarte cosas, sabía que por más que intente, cualquier regalo que te lleve, no cambiaría el rumbo de tu vida, aunque los recibieras como si eso fuera posible. Mis obsequios al igual que yo, recibían un trato especial y un espacio privilegiado en tu casa, sin importar valor comercial o tamaño, el vino más corriente o los alfajores más mundanos. Hay algo especial que quiero mencionar, algo que nos dejaste como herencia. El trabajo. Nunca dejaste de trabajar, al menos mientras la salud te lo permitió. Y esa clase de patrimonio, no tiene precio. Voy a publicar esto, no como un homenaje, porque esos se hacen en vida, no como un lloriqueo, porque tu muerte fue lo único triste que nos dejó tu vida, sino como recordatorio, para leerlo y seguir recordándote. Siento que acabo de escribir algo trascendental, al menos para mí, algo que me debía, algo que quise dejarte, para la eternidad.

Los mismos eufemismos (piensa un número)

#117

La estéril búsqueda de dos pies y una cabeza, para mis dispares soliloquios. Diecisiete horas en este edificio con patio, que varios confunden con prisión. Setecientos perros sustituyendo seres humanos, ladrando vacuos discursos. Tan solo una película que me haga recordarte. Me conformo con que me dejen cantar una mísera canción. Ciento cuarenta y un monumentos al olvido. Mis libertades empacadas al vacío. Insomnios matutinos y encima escasez de palabras, causas sin efecto y viceversa. El campo nos provee de drogas artesanales que nadie logra atinar a fumar. Frases con superpoblación de verbos. Hoja a hoja me deshojo quincenalmente, resulto mi propio editor, me vendo y me compro humo, me promociono y desacredito. Tengo exactamente setenta y dos canciones sin componer, que no tratan sobre la explosión frambuesa que aseguras, es tu vida. Ciento veinte segundos para conseguirlo todo. Ocho mil servilletas expuestas al miedo. La fábula de la memoria vaciada sin respaldo que no pudimos recuperar, por más tecnología. Ciento un eufemismos para explicarte siempre lo mismo y lo mismo y lo mismo y lo mismo. Cero.