Latest Posts

In-tok-si-key-ting

#116

Defendemos la paz, si no hace frío la naturaleza, pero lo que más molesta, es que hurguen en nuestros bolsillos. No soy mucho de comenzar nada, o de rezar, pero me ha pasado que lo hago, y no puedo detenerme más.   Ciudad olor a anarquía, donde intoxicaréis vuestros récords policiales, solo por justificar los efectos de alguna pastilla. Casinos de la desvergüenza, donde se juntan las colillas descoloridas de la depresión, se derraman los güisquis sin dueño que el mesero olvidó retirar, un dólar es un momento, una moneda un reencuentro, donde uno entra, y sale otro. Emprendí tantas cosas, pero luego gracias a la sabiduría, supe dejarlas a medias, a su debido tiempo. Pobres diablos sinvergüenzas muertos de hambre, aferrados a la esperanza de poder dilapidar un día, importantes sumas de dinero ajeno. Anduve perdido, hoy soy más consciente de mi persona, aprendí a convivir con las consecuencias de mis decisiones, que siendo mías, ya es bastante decir. Cuando elegí doblar la esquina hacia el otro lado, te evité por un minuto de vida, preferí sobreactuar esa mañana tranquila ¿cambié el mundo para siempre? Las víctimas no anónimas del «qué dirán» ganan juicios billonarios por linchamiento mediático, en los juzgados sin inodoro de la quinta paila del infierno. La avaricia conspira contra tu sex-appeal. Pierdes ambas piernas, pero solo cuando asimiles que no puedes correr, estas te harán menos falta. Conformarnos con engullir, esa inmejorablemente planeada historia. Cambiar el destino, con un  plan impecablemente planeado.  Mientras más volteretas des por una falta, menos festejes un gol, más hables del mal arbitraje y menos seguro parezcas de lo que haces, más estarás adelantando el día de tu muerte. Hasta para involucionar, se evoluciona.

Sinfín

#115

En las calles sienta bien hurgar. Le avisé que llegaba exactamente en dos canciones más. Esta ciudad está quieta, como llena de peatones que fluctúan. Necesito alguien que me diga qué decir. Vamos a estar tan solo, a dos guitarras de distancia. Mirarnos raro en la sección de productos enlatados. Un edificio que parece se va a caer, otro que va a seguir creciendo. Monstruos altamente tolerables, entre los demás monstruos. Un mentor por ejemplo. Nuestras inquietudes están separadas por una orquesta sinfónica. Me quedé parado en esta esquina para comprobar que esa foto tan repetida, no se mueva de aquí. Ser socialmente aceptado es algo que acabo de borrar de mi lista de adefesios pendientes. Se les pasó una metralleta por los rayos equis. Mi amada energúmena a la que le resbalan los subterfugios de la maldita modernidad. Esta farmacia se me hace conocida, un olor a dulce quemándose y una floristería en bancarrota. Solo por si acaso grabar nuestras expresiones en la memoria de este abril, en el junio de nuestro ocaso, en la heladera de este abrazo, en lo sideral de este sinfín.

Vibración es

[Foto: Nora Miño]#114 Pasmosamente hemos ignorado, estruendosas señales. El secreto está, en saberse fundir con el paisaje. Empezó a llover y en lugar de correr, caminamos más lento, sentimos que el clima retrocedía. Apostamos con las montañas que un día dejaríamos de crecer. ¿Y si nos volviésemos inmunes al frío de las 2:30 am, justo cuando nadie existe ni sospecha, que algo medianamente importante puede acontecer? Ni bien crees que todo ha terminado, se vuelve a iniciar el generador de ideas, y te levantas. Saltas al teclado polvoriento de una Brother de los setentas, cada letra golpea la hoja, como vengándose de algo bien cabrón. La ceguera es una virtud, que los que nos llenamos los ojos de inhumanidades, deberíamos saber apreciar. Cerrar los ojos es un eufemismo de asesinarte. Cambiar de página, de desatenderte. Matarte, de matarte. Estás obligado a cruzar, la frontera que separa tu esencia, de la cárcel. Rodarnos las gradas abrazados, esperando que un largo feriado pase y nos recoja, nos lleve a un mar lejano, en una playa de nudistas del alma, cuyo nombre no podamos pronunciar. Dos meñiques vueltos mote, contra toda la parafernalia estatal. Una pizca de Cotopaxi. Llevarnos a un refugio sin luz, donde reine el silencio. Y matarnos. Cometer intento de suicidio difícil de ocultar, nuestras caras se levantan con otra salud, ahora nuestros ojos miran distinto, vemos el espejo, nos reconocemos, pero es cuando nos desconocemos, que el botón play reacciona. La vida es una pausa, es un segundo de apagón, la vida son varios instantes a veces consecutivos, de desconexión absoluta, de la vida.

Mélancolie (la virgen del mal)

#113

Foto: Nora Miño.

No voy a lograr escribir, nada que logre cambiarte la vida, ríndete ya. Prometo no volver a aplazar, el uso de la palabra procrastinación, que tan de moda está. Dejar un mundo mejor para nuestros hijos, es más difícil que tratar de cambiarlo, pregunto. Rotundos escapes de uno mismo, nadie los nota, desapariciones instantáneas, saludables para el escapista, superfluas para los demás. Gracias por no solucionar con violencia extrema, deprimentes issues que nos consumen, que nos llenan de estupor o estertor, o algo así. Sentir obscena nostalgia, subjetiva como indolora, revisar el video de nuestra vida toda, enjuiciarnos con lamentos tóxicos, desde el día cero cero uno. Vida llena de lugares inhabitados, personas amadas de la piel para afuera, de vociferar indefinibles palabrejas, me sorprende que la muerte no te haya sorprendido, todavía, pensador de comedor, gurú de sofá, filósofo de alcantarillas. Correos que postergan el fin de las penas, hacer voluntariado en el analfabetismo digital, desempacar esa máquina de escribir, que no es que me hacía tan feliz necesariamente. No conozco nadie que se llame como tú, tu cara no me resulta siquiera levemente familiar, descarto de raíz conocerte de antes, me encanta no poderte distinguir, entre tanto desconocido. Infligirnos sabiduría, vivir desbordados de preguntas retóricas, buscar palabras perfectas, parecer guión indie, que los historiadores sean quienes juzguen nuestras obras o la falta de ellas, y a manera de censura venal, encerrar neuronas en las mazmorras del templo de una virgen del mal.

Escalada de bajos sentimientos

P1010766Hijitas de papi encerradas en cubos de hielo, esperan terminar el bachillerato, abordan el primer avión, rumbo a la tierra de los tiroteos, se sacan una selfie. Ascensores públicos repugnantes, como convencionalismos, de políticos que manipulan respuestas, otros preguntas, mismo teleprompter. Tus neuronas outside the box, inhalan estrés, se trastornan, por la gélida humanidad que no espera, despelleja. Todas mis personalidades se aglutinan frente a un espejo de dos lados, se dan fraternalmente la paz. Nadie fue recordado por haber sido persistente al momento de fracasar. La constitución de cada país, no es más que un pasquín, donde los habitantes de dicho lugar, acceden a que multinacionales devasten su tierra. La habilidad de doblar la ley, hasta el punto exacto, en el que parezca accidente antes que delito. Tratar de defender invasiones injustificables, porque más difícil es pedir permiso. No tener hijos, si después no voy a hablar con ellos. Alumbrar ilegalmente en la tierra prometida, al siguiente día, regresar. Conocer mi verdadero yo, no el de las iglesias o cientos de sitios, donde nos obligan a fingir, que somos someone else.  Todo lo bueno que pasa, es gracias a ellos, lo malo que no, ellos lo evitaron. Requisas anales en aeropuertos de la nada, buscando bombas que somewhere, alguien sembró, drogas de diseño que se venden por catálogo y que destruirán, un hogar o dos. Este es mi genuino yo, el que dice malas palabras, que rebosa sinceridad, balancín de miseria; y felicidad. El que explota por genética, que putea para no expirar, que te abraza hasta la asfixia. Reconstruiremos ciudades que arbitrariamente, decidimos destruir. Fumando chinos, con la mirada polaca, nuestro aspecto vaticano que impide mentir, ese aroma ucranio, ese indio ecuatoriano que llevamos a donde vamos (…) Y que al fin, esa oscuridad que tanto nos costó, se reduzca a nuestras manos sudorosas y entrelazadas, a una violenta escalada de lengüetazos animalistas, a nuestra casa vacía de extraños. A nosotros dos.

Veintisiete imprecisiones para no llamar a la policía

DSC09338Soñar anoche que se carga un arma, sin destino. Nunca saber, qué hacer con ella. Pero que el sueño no resulte infructuoso. No saber qué hacer con ella, desencadenarse. La muerte no se cambia por nada. Nadie tiene derecho a tomarse la vida de otro, aunque evitar la muerte, no sea posible. Cada bala es un segundo desperdiciado. Morir es la ley de la vida, algunos mueren demasiado pronto, otros esperan impacientemente todo un santo día. Alguien la fabricó, desperdiciando su vida en esa bala. Morir es volverse eterno, como sopa de sobre instantánea, te conviertes en un postre de vitrina, deliciosamente decorado, por el resto de tu muerte. Alguien invirtió dinero en esa bala, otro alguien creyó que era buena idea cargarla, seguramente ese mismo cobarde, apretó el gatillo cobardemente. Morir es sano, es volverse material de conserva, preservados en nuestros propios aceites, volverse de repente esa diabetes implacable, que diariamente perseguimos. Esa bala que anima los funerales transmitidos por la tele. Morirse es contemplar todo desde el otro lado del vientre, es volverse televidente, dejando acéfala la teleserie. Esa bala que hace que las viudas lloren mocosamente en cámara y que las neuronas de nuestros niños se inunden, se descerebren. ¿Morir es no nacer? Es creer que te salvas, solo para tener la sensación, de que no se acaba de desaparecer del todo. Ser ese hombre increíble que cada vez que se aparece, es para mal. Un revólver que se acerca por en medio de las sábanas, una bala, nunca hizo falta más. Preferir escapar de la vista, dejar en paz, que nada nos dañe, en lo absoluto. No querer que nadie te visite en el cementerio en el que te van a dejar olvidado, cuando la respiración te falle una de estas noches. Salir del cine a vomitar, no permitir nunca más, que alguien te vuelva a obligar a ver ese tipo de película. Monitorear algo que no estuvo sucediendo. Maldita batalla interna encarnizada entre el ser que todos aman, y el otro, el violento, el deshumanizado, el maricón.

Agradecí-miento

IMG_3271Siento algo de agradecimiento ¿es eso malo? Es un tipo de agradecimiento inédito. Desconozco el destinatario. Dios no es. Muy cursi como para intimidarme. Es como el racismo, está ahí. Todos somos racistas, aunque algunos aparentemos más o menos bien, así como somos agradecidos, aunque no lo demostremos, porque no sabemos hacerlo. Me declaro único responsable, de todo acontecimiento del que fui protagonista. Venero cada canción que me enseñaste a escuchar. El significado de esa fotografía que cambia con el paso del tiempo. A los once años de edad, borré de mí, esa mirada anunciante de desastres. Mi papá sabía reconocerla. Yo no. Era un momento limpio, casi vacío de todo. Me sobrecogía sobremanera su alegría, no escatimaba en andarla espolvoreando por ahí. Veinte años y tantos otros vacíos nos separaban, aparatosamente. Que cada ser humano crezca a su propio ritmo, eso provoca el desorden. Supeditados a extinguirnos cada atardecer y reinventarnos prepotentes cada nuevo día. La vida se reduce a la lucha eterna frente al espejo. Esas diatribas fuera de micrófono, con gritos de ninguna guerra. Oscuros pedazos de guión, que como ráfagas, acuden cada amanecer al comedor, pero en lugar de alimentarnos, nos hacen vomitar líneas, que fueron escritas, para evitarnos escuchar la nada y así rellenar cada espacio en blanco. Como este.

La gente es idiota

IMG_3252

Insistes en preguntarme. Yo no tengo tus respuestas. Lo único que te puedo asegurar es que la gente es idiota. No lo digo yo. Lo dicen los perros. Cada mañana cuando salgo de casa, me enfrento a ellos. A los idiotas. Están en todas partes. Gobiernan naciones. Existen solo para recordarnos que la gente es idiota. Porque lo son. Circulan por las avenidas más inesperadas, en busca de nada, sobre todo felicidad. No tienen un color de piel definido, son algo que esperan ser algún día. Lucen su odio propio, a flor de piel. Se disfrazan con ropa que otros eligieron por ellos. Así son los idiotas. Casi no son gente. Los llamamos así por cortesía, porque no llamarlos así, nos volvería como ellos. Algunos no saben que lo son, esos, son los más idiotas. ¿Eres el culpable de que alguien haya perdido la fe en la humanidad?¿Por qué me preguntas eso? Porque no tengo nada más que preguntar. Porque no pregunto lo que quiero saber, sino lo que sé. ¿Eres responsable de que alguien vaya por la vida, sintiéndose culpable de algo de lo que es inocente? Los idiotas somos así. Reconocemos nuestras idioteces con apatía, después humildad. ¿Te alejaste de un ser querido hace muchos años por una razón idiota y ahora estás arrepentido? Así, somos idiotas. Nos separamos de los demás idiotas para sentirnos menos idiotas. La gente es idiota, finalmente. ¿Nunca en tu vida hiciste un esfuerzo para congraciarte contigo mismo? Nuestro egoismo es únicamente nuestro y de nadie más, idioteces. Sangramos sin saber qué fue lo que nos arrolló, es idiota, lo sé. Nunca perdemos batallas porque las evitamos, como idiotas que somos, pero nunca perdemos batallas porque las evitamos, ganamos, a lo idiota. ¿Te repites constantemente lo estúpida que es «la gente»?

Los antepenúltimos

DSC_0054Somos los antepenúltimos, no somos legión, no tenemos religión, somos políticamente discapacitados, no confiamos en la intelectualidad de las élites, encontramos el avión en el que fuimos discriminados a bordo, entiéndase bien, no somos de ninguna generación, no usamos leva, cometemos perjurio solo si un caso extremo lo requiere, conocemos la cárcel superficialmente, cultivamos cuerpo y mente a nuestro ridículo modo, concretamente estamos perdidos, creemos que basta con culpar a generaciones o administraciones anteriores, que el karma se encargará, bla bla bla, no hablamos de más, interpretamos el concepto ‘medir las palabras’ pero nos cuesta implementarlo, nos gusta construir sobre lo que otros dejaron destruyendo, sabemos que llegar segundo no es perder, si tu intención era llegar segundo, Cindy Crawford fue un símbolo de nuestra crianza y no «El Che» Guevara, creemos que la política es un mal necesario igual que la muerte o el reggaetón, cantamos en el idioma que nos da la gana y eso no nos hace ni más ni menos patriotas, buscamos en google sin saber lo que buscamos, no necesitamos recorrer el mundo para escribir sobre él, ganamos juicios por placer, aquellos que rozan la ilegalidad, los ganamos también, alguna vez llegamos a algún límite, creeemos que la libertad es una utopía disfrazada de corporaciones, creemos en el control invisible de nuestras vidas, no nos criamos con Chespirito sino cuestionando su naturaleza lastimera, nunca leímos el Manual Del Perfecto Idiota Latinoamericano esperando descubrir que somos una raza superior, nunca nos drogamos con base en antecedentes familares sacados de Laura en América, hablamos con eufemismos, esos mismos que son palabras alrevesadas, esos automasajes bucales que aparentan estar llenos de razón, creíamos que la falta de igualdad no era igual a la desigualdad, dormíamos con la tele encendida, nos estancábamos esperando que nos paguen las deudas, nos aferrábamos a asuntos sin solución, manipulábamos todo de forma inocente, creíamos en desnudos públicos, miradas carcelarias, suspiros pirotécnicos, vimos jueces violando la justicia, creemos que la primavera no existe, que no es necesario viajar para llegar al mar, jamás nos conformamos con la verdad, supimos llegar aunque no hubiera nadie esperándonos, cargamos hasta la tumba nuestros traumas, sabíamos que la verdad dolería, jamás nos regimos por convencionalismos, no creímos que el espejo era el lugar adecuado para quedarnos parados, no olvidamos, no nos quedamos esperando por nosotros mismos, no crecimos, nos simplificamos en un alarido de rebeldía sin causa, sin efecto, sin triunfos ni vanaglorias, aprendimos a heredar, a no callar, a preguntar y a perder.

Vomitándonos

DSC_0482Voy a decirte algo prematuro, intragable. No va a regresar reciclado, por arte de magia, no dejará de ser un disgusto porque chasquees con más ímpetu. Después de escucharte, siempre voy a vomitar, soy la aduana entre tus arterias y las tuberías, podríamos hablar más seguido, podrías contarme quien se ha muerto, llorar juntos antiguas penas, prorrateadamente. Abrazarte conforta. Es como quedar envuelto en un halo de optimismo inoxidable. Me expulsas por la ventana, mosco enajenado, de exilio inicierto, en el camino pienso, que esas mismas decisiones que incitaste en mí, son las correctas. En lugar de sentirme condenado, me fusilo y no por nada, lo descubro a solas, camino a casa. Paulo Coelho me sofoca en un autobus que viaja sin frenos a la mismísima mierda, dejo de leerlo, para siempre. Escribe todo lo que pase por tu mente, me dijeron, todo sirve, incluso esas frases que crees que a nadie afectarán, esas que descartaste sin honor, esas indescifrables, esas que murieron de sobredosis camino a la papelera de reciclaje. Es cuestión de paciencia hasta que todos nos demos cuenta que servimos para algo, que no es cuestión de suicidarse y ya. Es destrucción masiva que vayas por ahí inyectando amargura al prójimo, si ya ni siquiera sufres. Deberíamos ser menos dark, un poco más bright, vestir más indie, coleccionar amigos, pensar retro y actuar futuristas. Salir a hacer turismo en la esquina de tu casa. Olvidar nuestros gadgets en la cocina de la abuela. Vivir en un continuo y maldito comercial de Coca-Cola. Abrir bares donde poder ir a sufrir surmenages en paz. A los idiotas que nos gusta el fútbol, deberían defendernos, esos inteligentes a los que también les gusta. Pateémonos los respaldares de los asientos del cine, todos al mismo tiempo. Conversemos con extraños hasta que dejemos de serlo, descubramos juntos que el tiempo se va redescubriendo a sí mismo, que ahora hay suspiros eternos e infinidades imperceptibles. Que es infecciosa la falta de piedad, que dañina es la respuesta que nadie quiere escuchar, que saberte muerto no es haber superado nada, que asimilar lo corta que es la vida no es prolongarla, que dejarte libre por unas horas, no es libertad.

 

Soñando impropiedades

#106Cuando me dejas sin ti y te llevas contigo, me gusta imaginar que sigues por ahí, que a una distancia imprudente, desapruebas mis exabruptos, te descolocas. Me gusta pretender que me miras, no sé para qué, es mi forma de justificar esta pertinaz desolación, supongo que necesito amarte, no me molesta imaginar que me miras. Invento diálogos que podríamos haber mantenido, los repito en mi mente, interpreto a todos los involucrados, corto, y vuelvo a empezar. Me gusta suponer que lo sabes todo de mí, que añoras nuestros años inmorales, que desde tu exilio me reprendes, que satanizas mis pecados. Me gusta fantasear con que tu mirada sigue fijada a mí, que todavía significo, que pasado no fui, que por las razones equivocadas, aún me recuerdas. Me gusta creer que sientes mi dolor, que físicamente nos lo repartimos, que no pasa un día sin que nos duela, que sufrimos unánimemente. Me gusta sumergirme en la fantasía de que estás, que manoseo tu compañía, cada maldito domingo lleno de inoportunidad. Tengo dos mil catorce amigos, ninguno sabe donde vivo. Me gusta soñar con que estoy siendo vigilado por alguien parecido a ti, que no damos vuelta páginas, que somos dos libros quemados por la dictadura, que no somos leyes de nadie, que apenas nos representamos a nosotros mismos, que morimos sin saber cómo hubiera sido seguir con vida, que nos despedimos sabiendo que hemos muerto un poco. Me gusta soñar que dejé la puerta abierta, para que entren los sueños que me gusta soñar.

Mezcladitos

DSC07806Foto: Nora Miño.

Quito, años treinta. Señora de cincuenta años, de sociedad, sube al bus y le dice al indígena que va sentado: ¡Levántese papito, para que se siente la patrona!. Le da una palmada en la espalda, esa misma que el patrón pegaba, esa que carga cajas de madera llenas de fruta, fruta ajena, esa espalda que lleva por peso, quinientos años de no entender nada. Él se levantó, con su poncho aroma a lluvia y sin prácticamente alzar a ver, casi que se disculpó asintiendo con la cabeza. Nuestro Ecuador está lleno de racismo. Un racismo multitarget, de todos contra todos, una histeria colectiva para ver quién es el más humillado y/o el menos fracasado. Varias generaciones que creen haber nacido en pesebres ‘boutique’ y tienen el ‘longo/indio de mierda’ en la punta de su lengua racista, tal vez de manera inocente, incluso inconsciente. El racismo se lleva en los genes, pero depende del heredero, seguirlo alimentando o lentamente desvanecerlo. Un buen amigo me dice que sus tías son racistas, todos tenemos en nuestras familias, raíces racistas. Quito, año 2013. La indígena que cuida guagua ajena, mira la televisión. Un aparato que muestra a los de su raza, con aparatosos estereotipos, como extras de una película eterna, que solo Dios sabe, ellos deberían protagonizar. Con una voz solemne y sabia declara: ustedes son «mishu», mezcladitos. Entrelíneas también dice, nosotros somos los puros. También dice sin hacerlo, que son ellos los que deberían estar en la tele, que somos nosotros los que deberíamos estar cuidando a sus guaguas, que nosotros nos tomamos un lugar que les correspondía a ellos. No hace otra cosa que decir, y no decir, la pura verdad.  La historia como en tantos otros casos, se dio vuelta. Esa realidad dada vuelta, no podrá ser aplacada ni por los activistas más indigenistas que existan. Llevamos demasiados siglos así. Sin embargo, sin embargo nada. A menos que… Sí. Estoy seguro que sí. Estoy seguro que cuando ‘se nos sale el indio’ que llevamos dentro, es porque lo somos, y no en el fondo. Es porque somos impostores, nos mezclamos y robamos una identidad, nos quedamos con el lado equivocado de la mezcla. ¿Por qué el equivocado? Porque así lo quiero creer. Porque soñamos en quichua. Porque comeremos cuy. Porque nos gusta subir montañas en busca de alejarnos de las ciudades. Porque nos gusta lo tradicional, las aguas de vieja, los mercados, los quichuismos, sus rituales, su energía, su integridad, su sencillez, su naturaleza, su cosmovisión, sus infusiones, su carácter, su terquedad, su serenidad. Porque en el fondo todos quisiéramos ser auténticamente, unos puros, indios de mierda.